viernes 17 de julio de 2009

TONADAS DE INOCENCIA
Inspirado en "tonadas de ordeño", canto popular anónimo de Venezuela.
Allá arriba en aquel cerro
Tengo un pozo de agua clara
Donde se lava la virgen
Los piecitos y la cara

Mariposa, mariposa, mariposa

La luna me está mirando
Yo no sé lo que me ve
Yo tengo la ropa limpia
Ayer tarde la lavé

En lo alto, en las ruinas
Ahora sólo te pido por las vicuñitas, ¡si no. te quito guijarros!
Los mismos que te traje del pozo de agua de la virgen, esos que elegí blancos y amarillos como la florcita de la papa.
Y ahora tomo algunos guijarros y me los llevo, te dejo solo unos pocos, y así aprenderás, porque eres pedigüeña, nunca te estás tranquila y no dejas de meterte en mis asuntos.
Me miras las ropas como un reproche y sabes que la lavo siempre en el pozo de agua clara a pesar del frío, me retas por el silencio a los jóvenes, pero no soy hermosa como tú y tengo siempre apuro por salir de sus miradas. En cada ordeño canto las tonadas por ti y dejo tu leche fresca en esta altura silenciosa como tú gustas.
No sé, por qué me miras mal y te enojas
Ahora la Mama está sanada y yo cumplí y te traje guijarros.
Si quieres jugar y seguir grande y gorda de luz, yo vendré y estaré contigo, y te pondré contenta, nunca te dejaré sola, a pesar de tus enojos nunca te dejaré sola en esta altura, siempre te traeré las hojitas de coca y te mostraré mis lanitas, pero no juntaré guijarros para que juegues, si no dejas de meterte en mis asuntos, aunque cuides mis vicuñitas, no te las traeré.
A veces siento vergüenza de mí cuando me prestas tu luz y me veo en el pozo, tú no dejas de mirarme detrás de las nubecitas de agua. Yo tengo mi ropa limpia como tú y la mama me mandan.
Te voy a negar, aunque siempre insistas en preguntarme, si Choque me besó esa tarde en el río, te quitaré mis regalos y sin guijarros no podrás jugar, ya verás, si no dejas de preguntar y no sé por qué mi cara siente calor cuando esto te cuento y tengo vergüenza de ti, y la mama también me mira como si mi ropa estuviera sucia, la mama habla de mí con las comadres y eso no me gusta, ella me mira y también pregunta, me toca la barriga y me toca el pecho y no deja de mirar.
Ahora me voy con mis animalitos y no te cuento nada más, mañana no te traeré guijarros, ya sabes.

Seiscientos metros abajo
Por el sendero escarpado que llevaba a las ruinas incas, Steven recordaba a su padre con la imagen de los retratos estrellados de medallas, mirándolo orgulloso de su hijo. Hacía ya muchos años habían quedado atrás la traumática reinserción de su padre a la vida civil y familiar, la asimilación de la invalidez y la adaptación a los síndromes de posguerra. El recordaba su niñez con esa palabra exótica pronunciada por su madre entre orgullo e incertidumbre, “Vietnam” era el fin del mundo que había arrebatado a su padre para salvar a la nación, esto le contaban mientras él extrañaba a su padre.
Después su adolescencia, las drogas, las peleas generacionales, el descreimiento en el heroísmo, los relativos valores de la nación, nada tenía sentido en aquella época. Pensó que el tiempo le dio las respuestas en el reflejo de un modo de vida que lo contenía. El mundo era peligroso y absorbió por cultura, por cotidianeidad que había que cuidarlo y su patria era la indicada por coherencia e historia. Pudo dudar alguna vez, pero la vida lo había formado en aquel convencimiento que le daba tibiezas y una familiaridad única que defendería como una fiera, como se había preparado, para no tener piedad por el otro. Eso lo aprendió y lo internalizó en su personalidad, no reconocer al enemigo ni en sus modos ni en su porqué de vida, así era la causa. Sus propios hijos lo desconocían por su forma de pensar el mundo de sus semejantes, pero él se reflejaba en esas dudas y sabía que no se podía trasmitir otra forma de ver los peligros del mundo, el sentimentalismo había demostrado ser una debilidad en la larga historia de los hombres.

A ciento setenta kilómetros
Nelson trata de explicar una violación, un ultraje a la vida de su gente, desde las páginas del diario donde trabaja. Le acaban de avisar por teléfono de los helicópteros y los incendios; la impotencia le quita claridad en palabras, faltan adjetivos, no puede explicar la inocencia sorprendida por la destructora esencia del poder. Como un pálpito con el que convivió durante años, Nelson sabía que lo harían. Aquellas discusiones que se llevaban las noches enteras preveían que sería de esta manera, la excusa tendría cualquier forma de expresarse, pero el objetivo era claro, no se trataba de otra cosa que la presencia del poder extranjero entrando sin permiso en una rutina policíaca para controlar los territorios ajenos.

A pocos metros de las ruinas
La luna se ocultó detrás de las ruinas incas y la mañana se mostró diáfana pero perturbada por el humo que subía del valle, los pastores bajaban la montaña a recoger las vicuñas perdidas, todos estaban asustados, a lo lejos los helicópteros no paraban de arrojar fuego sobre los cultivos de coca, el aire olía a humo verde y el rugir del fuego llegaba, también el tableteo de aquellas máquinas voladoras que los aterraban. Después el valle era nada más que fuego.
Steven, en las primeras escalinatas de las ruinas, se detuvo a mirar el valle cuando su trasmisor sonó, contestó que lo pasaran a buscar después de un par de horas. Ahora veía asombrado aquella fortificación antigua. ¿A qué enemigo esperaba esta gente en estas alturas? Las preguntas surgían a cada paso, todas dirigidas a descifrar alguna señal vulnerable de aquel pucará de las nubes, su mente se situó primitiva y vio lo difícil del objetivo y se avergonzó de esa conclusión. Pensar lo inconquistable no era natural a su condición militar, como marine no aprendió la debilidad del fracaso, se propuso ver una falla o una fisura en la ingeniería de aquellos incas. Como no creía en los giros del azar, no se permitió la duda de un error, aplicaba su pensamiento absoluto a este enemigo antiguo.
Así caminó los rincones ocultos de aquella defensa pensada por una fuerza convencida, después concluyó en una vacilación, casi una duda imposible en su maquinaria de lógica absoluta. Otra vez se vio cuestionando a su padre, lo ganó la imagen grotesca de aquel mutilado como un muñeco sin brazos, babeando un inverosímil discurso de heroísmo, y su madre, carente de presencia, huída y aterrada ante ese despojo. Otra vez estaba en contradicción y eso lo enfurecía hasta el desborde, pero estaba solo, sin enemigos a la vista, desnaturalizado como un arma inútil, o peor aún, como un juguete inofensivo.
Mirando el suelo se encontró con un pequeño círculo de piedras pequeñas, blancas y amarillas como las cuentas de un collar, todas muy iguales; en el centro un ovillo pequeño de lana rústica y mal urdida hacían una asimetría perfecta, casi matemática. El tableteo ensordecedor de un helicóptero venía ascendiendo, Steven sonrió y fue el mismo otra vez, después que su máquina drenó las impurezas de algún sentimiento, pateó con su bota de marine aquella ofrenda inocente, mientras la luna escondida de la luz de la tarde miraba detrás de las nubecitas de agua.

En las ruinas por la noche
Hoy no te traje leche porque cayó fuego en el valle y los cabritos se asustaron, no sé quién tiró tus guijarros pero yo te traje con más colorcitos, bien lindos como te gustan, es que ya no estoy enojada contigo, traje mis lanitas pá’ que veas que cuido bien a mis vicuñas. Yo sé que tú y la mama se ocupan de mí, es solo que siento vergüenza y mi ropa la veo sucia, pero tú sabes muy bien que siempre la lavo, lunita mía.

rodolfo camacho ® 2007

EN AUSENCIA DEL VENTRILOCUO

Alguna vez estuvo en Sudáfrica contrabandeando pieles y otros objetos para un belga, era muy buen piloto pero una tormenta violenta lo varó con una avioneta cerca de una aldea zulú. Allí, había un negro que hablaba un poco de español, parece que un cura le enseñó castellano intercambiando con la lengua bantú.
Gracias a ello, podía hablar con el negro, y este le contó mucho sobre su magia y acerca de cómo convencer a los demás de esos poderes. Le costó entender que aquella magia solo la practicaban los “inyanga”, una suerte de hechicero o brujo. Creía ser capaz de aprender su magia, pues era así, muy vehemente y todo lo quería conocer y entender. De alguna manera, le cayó bien a esta gente y aprendió algunas de sus costumbres muy raras e impresionantes. Entre ellas, el zulú le enseñó la difícil y compleja destreza de hablar sin que los demás adviertan quién lo hacía.
El inyanga practicaba la ventriloquia más refinada, extraía de su interior una voz clara y profunda, hablada en bantú, entremezclada con alguna que otra palabra en castellano, mientras permanecían sentados en el suelo de un cuarto alargado. Se ubicaba uno en cada extremo, mediando entre ellos una distancia amplia, de unos diez pasos aproximadamente. La voz del zulú recorría el lugar como alguien que hablaba caminando en círculos, se escuchaba claramente el ir y venir. Después su voz provenía del exterior de la habitación, como por detrás de las paredes. En tanto, el negro parecía una escultura de ébano fría y ausente, pues ni una leve mueca aparecía en sus labios mientras no dejaba de hablar por delante, por atrás, gritando o susurrando cerca, apenas con el aliento como un secreto dicho al oído.


Buenos Aires- Teatro Del Empedrado
Noche de estreno
Todo empezó con Amelia, cuando dijo que alguien le decía cosas obscenas muy cerca de su camarín. Como era la mayor del grupo las bromas de todos la tuvieron mucho tiempo abochornada y silenciosa. Después Lupo dijo haber sido insultado por alguien oculto detrás de los pesados telones del escenario. Por supuesto, nadie le creyó aquel absurdo, el elenco era el último en retirarse y todos estaban ahí presentes. ¿Quién podía insultarlo? Al fin la duda le ganó a la racionalidad de Lupo, quien simuló no darle mucha importancia y pareció olvidarse del asunto.
Pasó el tiempo y nadie se quejó de ninguna otra rareza, los últimos ajustes de la obra de teatro los ocupaban intensamente, y así siguieron el curso de los ensayos hasta el día del estreno. Todo estuvo brillante aquella noche, la pieza era espléndida y capturó al público en un silencio cómplice con los actores, el mejor de los climas se brindaba en todo el teatro, salvo la escena antes del final en la que todos se maldecían e insultaban al borde del odio que el drama requería, la tensión creció y fue una presencia más. En ese clímax agresivo y perturbador, escucharon una voz muy calma que les habló claramente a ellos, a los actores, no al público.
_¡Nunca los olvidaré, bellos y amados locos!
Nadie en el público percibió aquella frase descolgada, enseguida llegó el remate final de la obra. Amelia, que se descontrolaba de risa por su locura, era el desenlace final del drama. Y tanta tensión no dio lugar a que el público registrara aquella voz o, tal vez, los espectadores contemplaron la posibilidad de una palabra fuera de plano de algún actor.
Sólo el elenco advirtió aquel mensaje extraño. Quizás porque apareció en el lugar de un corto silencio, entre los insultos y la risa de Amelia, fue más claro para ellos. Los actores sí lo escucharon claramente.
Después de la función, discutieron el asunto, pero no se pusieron de acuerdo sobre el lugar desde el cual provenía la voz. Lupo, quien tenía más experiencia actoral, decía no haber escuchado jamás una presencia de voz tan clara para la intención de aquel mensaje dicho con aquella ternura. Lupo se quedó pensativo, como quien sabe algo, pero calló. Aldo explicó que lo sorprendió respirando después del terrible insulto arrojado a Lucía, y Lucía continuaba asustada insistiendo en que sintió sobre su cabello el aliento de quien habló, Aldo parpadeó y creyó saber de qué se trataba, pero no encontraba la forma de expresarlo.
_Yo les conté que Renato fue piloto, y que…
_Sí, y también contaste lo del contrabando en Sudáfrica y todo lo demás_ dijo algo fastidiosa Amelia.
_Sí, ¿y qué era lo demás?_Preguntó Aldo mirando en torno a todos.
Lupo entristecido recordó a su amigo.
_Pero Renato ya no está.
_Sí, pero él en Sudáfrica aprendió muchas cosas difusas a nuestra comprensión, cuestiones muy negadas por nuestro escepticismo.
_Vos, Aldo, siempre el mismo supersticioso, no te curás más_ le dijo Lucía.
_Y vos Lucía, ¿de qué estás tan asustada entonces?, decíme.
Lucía sonrojada y nerviosa trató de contestar.
_Renato era el primero en apelar a la racionalidad y él mismo solía reírse de sus historias, el único que tomó al pie de la letra todo lo que contaba fuiste vos. Poseía el don del relato y su espíritu era el de un encantador. Es cierto, sus palabras seducían y te paseaba por los rincones más extraños de la imaginación, pero no olvides que era un actor de raza, como un trashumante cultor de las historias del camino, porque los recorrió, viajó y…. no sé qué tienen que ver las historias de Renato con esto que sucedió, no sé.
Aldo la escuchó y sonriendo habló de los viajes que Renato realizó para el contrabando, contó cómo los brujos africanos le enseñaron a soportar el sueño de tantas horas de vuelo nocturno, cómo se concentraba en recordar cuando dormía profundamente. En esas ocasiones, tomaba una parte de ese descanso y se lo comía, así como quien toma un trozo de pan y se lo lleva a la boca. De esa manera, pasaba días en vuelos furtivos, apenas parando para cargar combustible, días y noches sin dormir.
Aldo también recordó cómo aseguraba desdoblarse y hablar con él mismo durante largas horas e, incluso, discutir durante mucho tiempo cosas personales desde ambas posturas. Aldo rió con todos aquel recuerdo, pero enseguida retomó el tema de los brujos zulú, de cómo atravesaban inmensos desiertos sin agua, solo con el sonido de ella. Le pedían prestado al río su rumor y se lo llevaban colgado de sus aros, pendiendo de sus orejas. Ellos practicaban charlas con sí mismos para mantenerse despiertos y atentos a los leones.
Renato le contó en una oportunidad que, para desdoblarse, había que llamarse a uno en estado puro, es decir, limpio de las circunstancias actuales, aquellas que aquejan nuestro presente. Los brujos solían llamarse cuando eran adolescentes para, de esa manera, confrontar útilmente el tiempo transcurrido en sus vidas. Renato discutió con su adolescente, le recriminó haber perdido años con el alcohol y el juego, y el joven le reprochó que su estado era deplorable y que su trabajo actual era más que despreciable. La discusión del adulto se apoyó en el hecho de que él era el resultado de ese joven que lo miraba con ojos vidriosos y turbios por el alcohol.
Alguna vez le confesó a Aldo que esta discusión la comentó con el inyanga que hablaba español, este negó con la cabeza desaprobando, no se debía discutir con otro tiempo de la vida. Esta es como un árbol: cada anillo es una vida y cada una se vive tal cual se presenta, le dijo. Hablar con un tiempo pasado no es para discutir o reprochar, sino para entender y crecer.
_Vos te olvidas que Renato en esa época tomaba drogas, él mismo lo dijo._Amelia levantó las manos en señal de disculpa por algo que quizás no debió haber dicho.
_Bueno, entonces resumamos todo esto a las alucinaciones de un drogado y listo._ respondió Aldo._ Pero nos olvidamos que él contaba estas experiencias hasta poco antes de morir y, que yo recuerde, no tomaba más que agua.
Lupo, pensativo, se paró en el centro del escenario casi en penumbras y dijo:
_Creo saber de qué habla Aldo y creo que, de alguna manera, este episodio de hoy tiene algo que ver con las historias de Renato, no sé por qué pero…
Lucía se puso de pie violenta y dijo:
_Otro que cree en fantasmas y para colmo es nuestro director, ahora sí que estamos perdidos, siempre creí en la magia de los relatos y confieso que cierta irracionalidad rige nuestras vidas de actores, pero esto es demasiado. ¿Ustedes plantean que quien nos habló fue alguien que ya no está, que murió, como en Hamlet?
Un silencio largo bajó como una bruma en el escenario, hasta que Lupo habló.
Su amigo en una noche larga de charla y confidencias le mostró sus habilidades como ventrílocuo. Se había parado en un extremo de su cuarto y se mantuvo quieto y callado, hasta que una voz comenzó a hablar. Parecía venir de adentro de un baúl que Renato usaba para guardar la ropa. Ante la sonrisa incrédula de su amigo, le pidió que sea paciente, la voz ahora estaba cerca de sus manos, al punto de percibir la vibración de las palabras. Lupo no dejaba de mirarlo, su boca seguía cerrada, hasta que la voz le dijo muy cerca, como posada en su hombro:
“Tranquilo mi buen amigo, la realidad no es como parece, quizás no sea una sola y es difícil saber en cuál de ellas estamos, querido Lupo”.
Ahora Lupo lo recordaba ante sus compañeros:
_ Nada sería igual para mí desde aquella noche, confesó el director, nunca pude decírselo a nadie pero desde esa noche no pude lograr definir en qué realidad estaba mi amigo, ¿por qué?, ¡no sé!, pero de alguna forma lo presentía ausente, en otro plano. Cuando murió sentí que sólo había cambiado de lugar, no sé bien cómo explicarlo pero comencé a dudar de si aquel joven que hace muchos años se paró frente a mí para estudiar teatro, realmente estuvo aquí entre nosotros o se quedó en Sudáfrica, o se desdobló como solía decir y entonces quien estuvo tantos años entre nosotros era nada más que un…..No sé bien cómo definirlo, no podría llamar ¡fantasma! a quien fue parte de mi vida tan intensamente. ¿A mi amigo?
El resto del grupo se quedó viendo al director sin poder reaccionar ante semejante conclusión, todos parecían perturbados e incrédulos. Aldo lo miraba sorprendido, aunque esto que Lupo decía aportaba razones a sus propias sospechas.
Se habló de sugestión colectiva, de cansancio, de presión por la primera función, pero pasaron casi toda la noche eludiendo discutir lo que Aldo veía como una broma desde otra realidad a la que ellos no podían acceder. Amelia defendía su visión racional del cansancio estresante. Lupo y Aldo no lograban explicar un fenómeno que no tenía cabida en la lógica de los demás. Lucía se mantuvo ausente y sus ojos brillaban a punto de llorar, Lupo lo advirtió pero esperó mirándola, sabía que necesitaba hablar.
_Lo amé desesperadamente, ¡todos lo saben!_ ahora Lucía lloraba. Se dibujaron dos surcos de piel nítidos en su máscara de actriz, se ahogaba en un llanto entrecortado tratando de hablar.
Lucía caminó hasta el centro del escenario quedando en una atención semicircular y silenciosa de sus compañeros.
Comenzó su relato reponiendo un aire apenas reparador que le permitió seguir, sumió a todos en una atención de aliento contenido, todos parecían experimentar una tibia calma por saberse confidentes de un amor que todos conocían y respetaban. Pues cada uno del grupo sabía de esa pasión entre Lucía y Renato, pero ella ahora parecía estar a punto de revelar un costado desconocido de la vida de aquel hombre tan particular. Entonces así habló:
_Yo pensé durante mucho tiempo que Renato hablaba sólo, que tenía un problema emocional o algo así. En ocasiones, me despertaba en la noche y lo escuchaba hablar en bantú junto a una máscara zulú que él había traído. Con el tiempo, entendí que este comportamiento no interfería en nada con nuestra relación, tampoco con el trabajo en el teatro. Renato no aparentaba ser un hombre atormentado o confundido por algún conflicto personal, creo que ustedes casi pueden opinar lo mismo, ¿no es así? Le temí también al uso de alguna de esas drogas que había probado en Sudáfrica, pero me lo hubiera dicho.
Esto que había visto y observado con cuidado durante varias noches me dio la impresión de que, al contrario de lo que yo pensaba, esas prácticas lo llenaban de paz, de gozo o quizás, mejor expresado, de éxtasis. En una ocasión en que estaba él de espaldas a mí, su voz me susurró por detrás y, en tono de broma, me dijo muy suave recorriendo su aliento por uno de mis brazos, en tanto que yo seguía viéndolo a varios pasos de mí, parado observando la mascara zulú.
“¡Amor, te vas a enfriar!”
_ Bueno…_ Dijo con algo de vergüenza Lucía.
_Yo estaba desnuda y parada lejos de él, y sentí, les aseguro, su aliento tibio en mi espalda y en mis brazos. Sabía, como Aldo contó, que era un gran ventrílocuo y que también hablaba consigo mismo, pero un ventrílocuo no pasea su aliento por todas partes. Esas experiencias me daban pánico, esa noche después de hablar en mi espalda se levantó vino hacia mí y me abrazó fuerte porque el sabía que esas demostraciones me aterraban, me tomó la cara con ambas manos y mirándome a los ojos me dijo que aquella magia era buena, no había que temerle y que, por esa magia, él siempre estaría conmigo: “ Yo te pondré mi voz en tus aros, te la prestaré y siempre estará cerca tuyo aunque ya no esté físicamente”, después me besó como nunca lo había hecho.
_Esas palabras han rondado todo el tiempo en mi cabeza durante las últimas horas de hoy, pero también antes de la función estuve pensando todo el tiempo en él y creo que quizás ustedes también. Renato fue parte de este elenco y estaba muy entusiasmado con esta obra, quizás él...
Lucía quedó en silencio.
Aldo se le acercó, entendiendo el esfuerzo de Lucía para reconocer lo inexplicable de todo, de lo que había contado y de lo que no se atrevía a contar. Aldo sabía que su esfuerzo era doble, ya que el racionalismo de Lucía era bien conocido, por lo menos hasta antes de conocerlo a Renato, y sabía del dolor del recuerdo que ella estaba soportando y le dijo suave:
_Decílo. Se sintió convocado, requerido por todos nosotros, ¿no es cierto?
_Renato creía en universos paralelos, en mundos y vidas que corrían el mismo tiempo; pensaba también que la imaginación fantástica no es más que un reflejo inconciente de otro mundo paralelo. Él defendía esto como un hecho. Me contó que el inyanga zulú lo traspasó al otro mundo por medio de algo parecido a lo que nosotros conocemos como hipnosis, luego lo enfrentó a su ser fantástico y le explicó que lo que él vería serían pedacitos de su mente perdidos en aquel mundo.
Renato dijo verse a él mismo, con su misma apariencia pero más viejo, llevando en sus hombros personitas diminutas que desconocía. Llevaba un aro muy grande y ovalado donde se columpiaba una pequeña mujer desnuda. Así, el inyanga, al igual que Renato, cargaba personitas sentadas en sus hombros, también sonidos, voces, música que salía de sus orejas y colores, muchos colores brillantes cayendo por su cuerpo como cascadas.
Le dijo el inyanga: “¡Aquí sólo está lo que más amamos, pedacitos nuestros caídos de los sueños!”
Lucía quedó en un silencio enrarecido.
Lupo dijo claro, y con la exclamación de su oficio:
_ La pequeña mujer que se columpiaba en el aro eras vos, Lucía, y pienso que quizás alguna de esas otras personitas fuera alguno de nosotros. Yo, de alguna forma, también creo en un mundo fantástico y paralelo a este, el real. Es más, pienso que todos tendríamos que creer en él, para protegernos de la crueldad de la realidad.
Aldo, eufórico, adhirió y dijo:
_Yo pienso lo mismo, más aún, necesito creer en ese mundo donde queden guardados mis sueños y mis afectos. Renato lo sabía por la magia del inyanga, pero buscó la manera de revelarnos esto a través de la misma magia que aprendió en Sudáfrica.
Amelia, que había guardado silencio y escuchado desde el principio, dijo reflexionando y pensativa:
_¿Ustedes quieren decir que Renato nos habló gracias al el poder de una magia remota y desconocida para revelarnos que nos amaba y que nunca nos olvidaría?
_ ¡Sí, Amelia!, y parece ser que ese mundo paralelo es el único lugar donde poner esto que todos escuchamos._ dijo Lucía y continuó para todos:
_Siempre aparenté ser incrédula y apática a todo lo que Renato contaba, pero en realidad el miedo me dominaba ya que sabía todo esto que les relaté. Ahora que todos lo saben no me siento sola con todo esto.
_Yo prefiero pensar lo siguiente:_dijo Aldo. _Creo que nos asustó mucho la posibilidad de que la ventriloquia pudiera trascender la muerte, esta idea aterra de sólo pensarla, y nuestro racionalismo la acomodó en ese lugar. La ausencia de nuestro querido amigo, a poco del estreno de la obra, nos sensibilizó aún más, pero conociéndolo, puedo creer (¡me lo permito!), creer que el ventrílocuo está en ese mundo fantástico y paralelo y desde allí nos dio un mensaje amoroso y nos hizo reflexionar sobre los peligros de la realidad, la desmitificó, nos advirtió no depender tanto de ella, y ahora debe estar riéndose del efecto de su travesura. Creo que los zulúes le mostraron un mundo mágico pero desde una realidad sana, mucho más sana que la nuestra. Llena de sueños bien guardados, creo que el mundo paralelo de aquella gente primitiva está dentro de ellos mismos. A su inocencia, nosotros la nombraríamos con toda la soberbia, candidez.
Las manos negras de Mubiri el inyanga tocaron la pequeña canasta donde guardaba las hierbas de su magia. Sólo las olió y volvió a taparlas, todo estaba en orden a pesar de la cotidiana melancolía de su gente, pues era el tiempo del lento e inexorable desmembramiento de una forma de vida y de entender el mundo, era el principio del fin de una cultura, se perdía, huía detrás del tiempo.
Asustados y en contradicción con el universo limitado de la modernidad, el inyanga y su pueblo sobrevivía en un rincón de la actual Kawazulu natal. Contemplativos, nostálgicos del lejano reinado del león, los jóvenes brindaban la danza de los brincos a turistas cansados y aburridos de fotografiarlos.
Mubiri olía sus perfumes exóticos que le recordaban a Renato, su antiguo y lejano amigo. Su muerte la vio una mañana bajo la sombra de un árbol mágico donde revisaba los pasos andados en su vida. Charlaba serenamente con su joven tiempo de la adolescencia, hablaban de la emoción del amor, del paso del tiempo y cambiaban sensaciones desde dos extremos de la vida.
Como un juego, uno viajaba hacia el interior del otro cruzándose las sonrisas por los secretos encontrados, entendiendo las razones de la sabiduría, cuando ambos se interrumpieron en la clara imagen de Renato llegando desde lo alto, bajando como una hoja llegaba de la vida, una hoja seca, roja como lacre, de pronto suspendida y girando para dar su aviso de caída, su señal de final, una leve interrupción en la vida de su amigo que solo se había corrido un paso de la mirada de Mubiri. Ahora Renato estaba sentado junto a los ojos de luna de una bella mujer desconocida.
Renato ya era un pedacito de amor ante los ojos de Mubiri, quien lo puso con cuidado sobre su hombro y sonrió, escuchando a su amigo que enviaba mensajes de amor, susurrando a su gente querida cuánto los amaba.
El inyanga, sonriente, se sintió satisfecho de haberle enseñado a este hombre otro mundo para soñar, permaneció un largo rato bajo el verde y frondoso árbol mágico de los zulúes hasta que un viento arenoso lo obligó a ponerse de pie, tomó la vara que lo ayudaba a caminar y se alejó. Atrás, en la realidad quedaba la quebrada silueta de un árbol seco del color del marfil.

rodolfo camacho ® 2007

jueves 9 de julio de 2009

EL VENENO DEL TIEMPO

Hernando de Santa Natalicia de los Desamparados, con toda su envestidura y divinos poderes, caminó los últimos pasos antes de llegar al claro del monte, donde una columna de sol inclinada y poblada por grandes mariposas en tránsito circular, parecía una señal indicando el encuentro para el principio del silencio. Varios días de marcha con el sonido penetrante del chifle llamador del dios de la lluvia, habían sido agotadores, Alguien había preguntado por ese infatigable sonido y un guía titubeo una explicación que otro tradujo en un español dudoso que al fin resumieron como un ruego, pero al que ya nadie lograba tolerar más.
Un hombre, con los ojos cerrados y con una rodilla en tierra, sostenía el pequeño instrumento con ambas manos sobre sus labios. El llamado, porque a eso sonaba aquel silbo que no cesaba, amplificado por la catedral verde de la selva alta, penetraba en cada ser vivo a una distancia de varios días de camino a esa región.
Hernando se detuvo frente al hombre del chifle, sin un gesto o mueca de ira en su rostro, solo abrumado por el sueño, tomó su espada y partió el instrumento de cerámica con un golpe seco de su acero labrado en Toledo. Se llevó en ese gesto frío y seguro varios dedos del llamador. El hombre no abrió los ojos hasta que su cabeza rodó por la hojarasca en el círculo iluminado por el sol. El silbo resonó en la bóveda arbolada repitiéndose en la lejanía como un eco hasta callar para siempre.
Hernando clavó la espada en esa tierra lejana y adoptó curiosamente la misma posición de ruego del hombre del chifle. El llamador, el hombre que pretendía hablar con su dios, ahora era imitado por este guerrero llegado, impensado, ni siquiera advertido. Inclinado frente a la cruz de su espada en murmullos indescifrables, convocaba tambien en ruegos. Arrodillado en una sola pierna tomaba su espada y pedía perdón a su dios por la muerte del llamador. Sus dedos pulgares permanecían apoyados en su barbilla tan cuidadosamente igual e irónicamente que su hombre muerto. El llamador de la lluvia también sostenía su chifle entre las manos, a la vez, estas se apoyaban con los pulgares en su mentón. Ambos gestos parecían provenir de una misma necesidad de rogativa, un reconocerse ante alguien o algo poderoso que los debía escuchar.
El alivio le siguió al silencio que se reflejó en el rostro de todos salvo en el guía, un joven aborigen acompañante quien traducía los posibles encuentros en aquella penetración en las alturas. Él fue quien hablo del ritual del llamado a la lluvia y fue también el primero en desaparecer. La docena de soldados que componían la expedición durmieron esa noche en paz sin ese ruego en su sueño acamparon en el mismo lugar de la muerte del llamador. Solo echaron el cuerpo decapitado en el interior de la espesura con el desprecio de quien arroja un molesto insecto silbador, incansable, rogador quizás por algún equilibrio natural, que estos hombres lejanos no comprendían y tampoco les interesaba.
Solo Hernando sostenía una culpa posada en su garganta y sin entender su necesidad, se sorprendió recogiendo los pedazos del silbato roto. Su ahogo sofocante, como en los días anteriores a la muerte del llamador, no había menguado. Su estado de ansiedad era el mismo, el silencio ahora más opresivo, y el aire quieto parecía no poseer presencia, nada se movía, el polvo de los pasos al andar apenas despegaba del suelo.
En esa atmósfera vacía y cerrada, el capitán, otrora venturoso y presagiado por reales y cortesanos, bendecido en presencia de la virgen al pie de los barcos, cavilaba con la luz de una antorcha asfixiada de aire. Los colores de una cerámica desconocida, un barro cocido con minerales que estrellaban su biscocho, eran pequeñas partículas metálicas brillando y esa fina y delicada pintura expresada y expresiva que desplegaba el negro, el azul y el rojo de los ocasos del día. Esta mirada concentró al guerrero en el pensamiento del descifrar, el porqué de ese silbido persistente de tantas jornadas, lejano o cercano, siempre aplicado a ese pedido, solo interrumpido en pequeños silencios para respirar y volver con la misma firme intención.
¿A quién, y qué se puede pedir con ese empeño y con tamaña devoción?
Vivimos justificando nuestras miserias para luego rogar el perdón, y nunca surge la certeza de conseguirlo. Yo mismo hoy no escuché la voz de mi Dios, no sé si debía despenar a este infeliz rogador. ¿Por qué callé ese silbato, por qué interrumpí lo que creí tedioso y no puedo comprender, por qué Dios no respondes a la soledad de mi culpa?
Amaneció bajando la luz desde la espesura de los altos árboles, como un fino polvo más liviano que el aire, que caía con una lentitud exasperante. Los hombres la veían llegar desde la oscuridad que los rodeaba, la esperaban pacientes viendo hacia lo alto, para apaciguar la guardia ciega de las noches de miedo. Hernando, insomne desde su lugar, también esperaba ese lento, muy lento amanecer que iba descendiéndose luz en el tallo de los viejos árboles palo de aro casi alzados sesenta metros del suelo. Ese gigantismo le daba una gravedad amenazadora a los pensamientos del capitán. Su mano, crispada y dolorida, sostenía todavía el chifle despedazado, sin pensar siquiera por qué conservaba aquel objeto inservible. Ahora, con la luz llegada pero aún tenue por aquel alto techo frondoso, se ocupaba de reconocer ese lugar con sus particularidades, la depresión en el suelo en el espacio que ya invadía la columna de luz que descendía plena y recortada del resto de la atmósfera de aquel sitio.
Hernando de pronto nombró susurrando “papilotes”. Recordó esa palabra que alguien había dicho. Y vio con asombro cómo las mariposas volaban en círculo sin salirse de aquella órbita que conformaba ese espacio donde el llamador debía estar ejecutando su chifle. El capitán miró en su mano las astillas de cerámica y en algunos fragmentos unas mariposas pintadas de un azul luminoso volaban en círculo, como ocurría en el círculo del llamador. Había aprendido a nombrarlas gracias al guía desaparecido, este y su ayudante de campo le tradujeron trabajosamente que esos papilotes son espíritus de guerreros muertos, regresados en mariposas al acontecer del universo.
Hernando, extasiado, se quedó viendo aquella ronda casi mágica que iluminada resplandecida de azul, al igual que el chifle roto. Pensó en los espíritus guerreros, en su belleza, en la tenue sonrisa del guía al nombrarlos y no pudo evitar pensar en las frías y enmohecidas piedras tremendas y pesadas como único recordatorio vano de los guerreros de su cultura. Ellos se hallaban custodiados por esculturas de eternas lloronas y la misericordiosa mano de la madre de Jesús sobre cada tumba, y de esa oscuridad, esa tremenda oscuridad del olvido de los vivos.
La sonrisa del guía se desplegaba de alegría en sus ojos, era sin duda un buen recuerdo, un rememorar dulce que provocaba una alegre mueca. Esta imagen bella y tierna ocupaba el pensamiento del guerrero español.
¿Qué será la muerte para este pueblo? He visto sus cadáveres por centenares, despreciados y abiertos sus pechos al pie de los sacrificios, pero son recordados con alegría por su descendencia, los muertos que vi eran guerreros no caídos en la lucha, eran elegidos por un dios que no puedo entender, ¿por qué la muerte no es una sombra en este mundo exuberante, por qué no hay sensación de castigo divino sobre esta gente?
Hernando giró su cabeza escuchando un imperceptible vuelo, como un furioso aletear de un insecto acercándosele rápidamente, solo giró su cabeza, su torso permanecía inclinado todavía sobre el lugar de la ejecución de aquel enigmático llamador de la lluvia. Sintió en las arrugas del cuello un pique profundo que tocó con los dedos de la mano que todavía sujetaba los restos de cerámica. El mundo pareció deformarse ante su mirada, el lugar tomó una dirección horizontal, los árboles se ensancharon desmesuradamente ante su visión turbia y cambiante. La lengua le pesaba como el plomo, le costaba tragar, volvió a tocar el pique con su mano libre y palpó algo suave clavado, lo desprendió, apenas si pudo ver un diminuto dardo de plumas azules, una miniatura muy parecida a un colibrí que latía en la mirada débil del capitán español.
Cayó derrumbada la altura armada de aquel lejano guerrero, alarmando a sus soldados. Clavada su cara en la sangre del llamador quedó desplomado, laxo como un muerto. Plácido y alejado de su tremendo cansancio, el noble de aquella milicia santa, despachado a cumplir la tarea del oro y el justo mandato de Dios, acostado y con la dulce sensación de la embriaguez, comprendía, mansamente y con atención, una ceremonia de símbolos que alguien había traducido en él. Como quien planta una semilla germinada en su mente, como lo que se aprende en toda una vida, todo lo que acontecía ante si era familiarmente común, cotidiano, como entendido desde la primaria crianza. Por eso no le extrañó percibir la fantasmal presencia de las mariposas guerreras levitando sobre el cuerpo y la cabeza decapitada del llamador. Sus manos se integraron con sus dedos y tocaron su cuello cerrado y sano, parpadearon y se vio las manos vacías con el gesto triste de un mal presagio. La blanda inercia del capitán, extendió su mano que atravesó el círculo de espectrales mariposas hasta darle al llamador su precioso chifle entero, este lo miró con ojos de agradecimiento y reanudó de inmediato su llamado a Chaac.
Pasaron días hasta que al fin llego la lluvia, Hernando tuvo el dominio absoluto del tiempo, se fue hacia los días por llegar y deambuló delante de él el manso andar de la vida del futuro. El Dios Chaac reiteraba sus llegadas como una costumbre y necesidad a las sequías pero en cada alejamiento del presente el capitán notaba la lenta alteración del verde frondoso de la selva; cuanto más penetraba el futuro, el verde viraba al ocre, hasta que vio el sepia y serenamente, sin perder su estado alucinatorio, entendió que Chaac nunca había regresado en ese mañana lejano.
Las secas osamentas de varias generaciones de llamadores se acumulaban debajo del espacio de luz que caía, ya no había mariposas espíritu volando en círculos ceremoniales. Entendió que estaba demasiado lejos de su tiempo, sacó su mirada de su cuerpo y se vio postrado, todavía plácido entre restos de armaduras oxidadas y lienzos deshechos, sudaba fiebres de éxtasis, absorto en la contemplación del futuro.
Claramente pudo entender que algún veneno revelador le estaba mostrando lo que vendría: la agonía, el fin de aquel bosque y de sus habitantes. También que ese pueblo emigró y se desintegró. Disuelto, perdió su lengua, su cultura se extravió y se olvidó de sí mismo en los rincones remotos.
Y fue más lejos todavía, entró en ciudades modernas donde vio la naturaleza de guerras que desconocía. La ignorancia, las drogas, el alcohol y la miseria jugaban en un círculo de vicio y autodestrucción.
Todo continuaba traduciéndose en idioma y tiempo, su comprensión era absoluta, entendía que recorría el tiempo conducido por un veneno iniciador que lo llevaba en este viaje. Los rasgos de ese pueblo, que había conocido en otro tiempo, subyacían apenas en gestos leves, acentos tímidos en el habla, perfiles apenas insinuados de aquel señorío de los bosques antiguo y desaparecido.
Ahora hallaba a los que quedaron en guerras callejeras por la subsistencia, enfermos por el hambre se agrupaban retenidos por descomunales muros que les prohibían seguir migrando. Corrales humanos donde se mataban entre sí, perdidos.
Hernando, ungido por el sentimiento de lo superior, en su placidez, no recordaba aquel mandato de la realeza católica, pero sí se esforzaba en recordar algo de su ser íntimo, trataba de rememorar su individuo, sus afectos, entonces disoció la mirada para observarse. Seguía andando en harapos por esos paisajes del tiempo. Buscó ver a su madre, necesitó recordarla en sus cotidianas maneras, lejos de las cortes, persiguió solamente un recuerdo cercano de su ser, pero solo caminó sobre lozas frías plagadas de soledad y alegorías, pues nada vivía debajo de aquellos nombres tallados en la piedra, ni siquiera el recuerdo. Adivinó entonces que ese era su futuro y su destino, entendió que nadie jamás sonreiría ante su recuerdo, nadie recordaría su envanecida vida en los ejércitos del oro. Ninguna mariposa azul rememoraría a un orgulloso guerrero de otro tiempo, no sería nunca un bello augurio en las ceremonias de la lluvia.
Su placidez lo abandonaba de a poco, o el veneno del tiempo perdía su efecto. Volvió a ver aquel muro que encerraba al pueblo. Sabía ser el iniciador de aquella caída y dominación, todo cambió con su llegada, la desintegración de esa forma de vida comenzó con el sablazo al chifle llamador, aquella levedad volando en el acero determinaría ese destino fatal.
En su andar por los tiempos pudo comprobar el desprecio y la soberbia que heredó en la suerte de los hombres de aquel pueblo, y continuaría después de aquel desmán a través de los siglos.
Subió el frió de la piedra por sus nalgas vivas, atentas a la realidad. Ya no había viaje, ya no lo complacía el dulce veneno de los tiempos, aquel viaje lo había abandonado, ahora era solo resaca y realidad. El veneno venido de la cerbatana de los hombres del bosque lo había varado eternamente en el tiempo de su olvido. Sentado sobre las frías lozas alegóricas y enmohecidas bajo la niebla quedó solo. Por un impulso ya casi olvidado llamó a su dios.
Pero nadie le contestó.
rodolfo camacho ® 2008

LA LETANIA DEL CARAYÁ

Marianocé tuvo la gran idea, le dijo a su hermano que la gente se volvería loca por verlo y pagarían lo que les pidieran, era seguro. Julianó dudaba de que un mono aullador afeitado pudiera pasar por una criatura misteriosa y diabólica, pero lo que más temía era el plan para afeitar al mono. Su hermano mayor, Marianocé, planeaba darle vino, que endulzado, parecía gustarle mucho al mono. De esa manera, creían que agregándole bastante azúcar lo empinaría sin hacerle asco.
El patio recién baldeado levantaba un dulzón aroma a húmedo, en la tarde calurosa de enero. La mujer de Marianocé con el secador en una mano, y la otra en jarra, donde debería tener su cintura, miraba al mono y movía la cabeza en un gesto de duda. Su marido la miraba mal, sin perder su aparatosa postura para peinarse, sus manos como palomas revoloteaban el engominado azabache de su cabellera; el peine, embadurnado en fijador, pasaba y pasaba sin descanso.
_Lo asustaste con los baldazos, el bicho te tiene miedo, gorda_ dijo seco Marianocé.
_Ya estaba asustado, o te creés que no se da cuenta de lo que le espera.
_Cállate, gorda, ¿qué sabés?
Julianó pensaba igual que su cuñada, pero respetaba a su hermano; después de todo habían llegado a esta altura de la vida gracias a las ideas que a Marianocé se le ocurrían; todas nacían delirantes, desmesuradas y autoritarias, llenas de promesas de una vida de riquezas y abundancia. Betiané y Julianó lo escuchaban y lo seguían en el arte milenario de los gitanos, como una comprobación de su pertenencia tribal; se aprontaban al juego de la subsistencia, tomando detalle minucioso de cada idea de Marianocé. Éstas siempre tenían un resultado bastante parcial con respecto a lo prometido, pero de alguna forma sobrevivían en el, cada vez más difícil, arte del engaño. Los tiempos estaban cambiando y la velocidad de las noticias hacían del mundo un lugar cada vez menos remoto y desconocido. Ni siquiera quedaban los escenarios propicios para la ilusión del misterio, aquellos baldíos alejados del caserío, donde los hermanos gitanos convocaban la curiosidad de no pocos, para ver los fenómenos extraños del mundo.
Un pequeño hombre escamado de color naranja deslumbró el morbo de muchos que no imaginaban, con la pobre luz de las antorchas, que las escamas eran de un material desconocido para todos. Marianocé lo había conseguido en un barco americano; quien se lo vendió lo llamaba plástico y pertenecía a una balsa salvavidas de la propia embarcación. Tampoco nunca nadie supo la suerte del pequeño hombre. Una alergia de piel muy dolorosa casi lo mata en la cama matrimonial de Marianocé y Betiané. Cada acto de los hermanos era acompañado de la habilidad que ambos poseían en el manejo de los puñales; una pelea con estiletes españoles era armada como un relámpago. Ambos vestían camisas amplias y de telas vaporosas muy coloridas, pantalones ajustados y botas de taco. Sus peinados tensos y terminados en patillas largas con forma de sable árabe, bien renegridas, les daban una apariencia exótica y ajena a la estética de la gente de los suburbios. La pelea sorprendió a todos, la sangre corría en sus brazos y manos a pesar de que nadie podía ver las heridas; la presencia de la sangre de gallina era suficiente preámbulo para el espectáculo de las rarezas. Ese era el momento de un clima bastante sombrío en que muchos creían estar presenciando una pelea real y peligrosa; era tiempo de irse antes que la cosa se ponga peor. Entonces Betiané, sonriente, aparecía en la luz de las antorchas, besaba a cada uno de los hermanos en la boca, dispersándolos de la supuesta pelea. Los hermanos la seguían cerrando los puñales y cuando todo estaba ya más relajado, ella pedía con gesto agradecido la colaboración de la concurrencia que comprendía sonriente aquella gresca sangrienta como parte de un espectáculo que ahora estaban dispuestos a pagar.
El carácter clandestino de estos actos, los exponía a las redadas policiales, pero también los favorecía, a la hora en que el público quería acercarse más a sus extraños fenómenos. Si alguien entrecerraba sus ojos en un esfuerzo evidente por definir lo que le costaba ver, ese era el momento en que Julianó se ponía inquieto con su mano en pantalla en su oreja. Luego pedía silencio para escrutar las amenazas de la noche; entonces la inquietud se apoderaba de todos, pues nadie quería ser sorprendido en un acto clandestino y ser apresado por eso. Nadie sabía tampoco que Marianocé proveía de cigarrillos de contrabando al comisario de la zona, un gesto apenas sencillo para que el espectáculo pudiera desarrollarse en paz.
Aquella noche afeitarían al mono; Julianó no podía ocultar el miedo que le tenía a los colmillos filosos del simio carayá, no sabía cuánto vino le debían dar sin matarlo con la borrachera.
_Si se mueve, yo no lo toco_, dijo Julianó.
_Se va a dormir te digo, primero va a joder y después se va a caer como un plomo. ¡Vas a ver!
No se habló más, comieron en el patio debido al calor y Marianocé armó su cigarrillo con tabaco inglés y mezcla de virginia; regalo de los barcos y un vicio reciente que, él pensaba, le daba un aire más misterioso aún.
_Bretaña, ¿qué te parece?
_ ¿Qué?_, preguntó Julianó.
_Bretaña, creo que es en Francia. Decimos que el bicho es un adefesio aullador buscado por siglos en Bretaña, le pintamos el lomo con un poco de yodo y contamos que lo cazaron cuando lo hirió un perro, que cuando el perro probó la sangre, huyó espantado para siempre, que durante años aterrorizó a los bretoños, o como se llamen, con sus aullidos pavorosos y, por fin, mal herido por el perro, lo cazaron.
_¿No es muy chiquito de tamaño para esa historia?
_Sí, puede ser, pero hay que hablar de su aullido maléfico y nada más, con pocas palabras, ¿entendés?, no importa el tamaño; si explicamos demasiado se pierde la curiosidad entre la gente, ¿entendés?
_Sí, creo… ¿y cómo vas hacer que aúlle?
_Joao, el que me lo dio, también me dio esto.
Marianocé le mostró al hermano un mechón de pelo atado a un collar de vértebras de pescado, ambos lo miraron un rato, pero Julianó no entendió.
_ Mirá. _le dijo a su hermano y puso el collar frente al mono, que permanecía atado bajo la galería del patio. El carayá vio, con sus ojos negros y profundos, el mechón de pelo y comenzó a aullar aterradoramente; el animal cerraba y abría sus manos pequeñas, como de juguete, compulsivamente en un gesto de querer agarrar el collar, impotente en el límite de la cadena que lo ataba. Betiané salió al patio sin saber qué era lo que desesperaba al animal; su aullido, casi llanto, la sobrecogía y la angustiaba. A Julianó también lo entristecía y le dio pena del mono, sólo Marianocé sonreía y asentía con la cabeza, alegrándose de la efectividad del collar, tal como se lo había dicho Joao:
_Es el pelo de la madre, le cortan un mechón a la madre del mono para poder venderlos y comprobar, de esta manera, que son aulladores auténticos, ven el pelo y se desesperan, no paran de aullar.
Marianocé había contado seis jarras chicas de vino endulzado; seguía pensativo junto al Carayá armando otro cigarro y tomándose un vino amargo, brindando con el mono. El hermano y la mujer lo miraban en silencio, esperando con la brocha y la navaja que el mono se durmiera. El animal seguía tomando, más animado y engolosinado, pero ni señas de sueño o borrachera. Marianocé lo miraba sonriente y, con paciente esmero, le seguía sirviendo; él no veía otra cosa que un socio colaborando con su ilusionismo fino y embaucador. Su madre se lo había enseñado: Marialé, una andaluza alta y morena, que tenía el arte de una encantadora y Marianocé se llenaba de júbilo y orgullo, recordándola, reía solo del garbo de su madre. Ella le enseñó la sonrisa y la palabra del engaño, las herramientas de ese negocio. Su madre decía que la última letra acentuada al final de sus nombres, en realidad, no significaba nada, pero que el misterio de la mentira tenía que empezar por el nombre del engañador, raro e indefinido en su origen. Así siguió en la familia y también los que entraban en ella, como Betiané, debían poseerlo, aunque jamás intentar explicarlo.
Pasaron las horas y la cabeza del mono comenzó a pendular en semicírculos sobre el eje de su cogote, hasta que se cayó de espaldas sobre la mesa, en la que Marianocé lo acompañaba como a un viejo amigo encopado; cantaba bajito tan borracho como el mono, pero feliz. Llamó a Julianó y a Betiané agitando la mano para que comenzaran rápido la tarea de afeitar al carayá.
En un enredo de lengua y palabras, el mayor de los gitanos dijo algo así como:
_ ¡No lo lastimen, que es mi amigo!
Betiané empezó a enjabonar la barba del animal que dormía con la boca abierta, después habría que seguir con el resto del cuerpo, de acuerdo con las órdenes de Marianocé cuando todavía podía mantenerse en pie. Julianó no dejaba de ver el tamaño y el filo de los colmillos y no dudaba en degollar al mono si éste se despertaba. Ya casi amanecía en el patio de los gitanos y se había iniciado la creación de otra extraña criatura para la vieja y mórbida curiosidad de los incautos.
Los gitanos se despertaron temprano mientras el mono todavía dormía atado sobre la mesa. Julianó sabía, desde la noche anterior, que había hecho algo terrible, imperdonable, pero no quería discutir con su hermano; se tomó las manos y se sentó en una silla baja en el patio, frente al carayá desnudo y pálido que todavía dormía semejante a un cuerpo violado y ultrajado.
El menor de los gitanos sentía la culpa del mundo apretarle las sienes, sus manos se frotaban sobre sus rodillas sin que él lo advirtiera, como intentando limpiarse la cobardía de no enfrentar a su hermano y ser un idiota manejado por un maniático. La culpa le dio paso a la pena y se quebró frente al pequeño cuerpo del carayá.
El animal, boca arriba, comenzó un aullido desolador, sin abrir los ojos, como soñando. A partir de ese momento no dejó de hacerlo durante días. Un sombrío presagio cayó sobre los gitanos; lo hecho era irreparable y venía de lejos como un reclamo, como la muerte de una estrella o como el abandono fatal de la órbita del sol; y los días ya no nacerían y la noche continuaría interminable, como un error terrible que condenaría a pagar, aquel crimen imperdonable, a todos con la misma ley.
Marianocé ocultaba su miedo por continuar aquella farsa que sostenía su vida y la de su familia, andaba muy serio y llevaba varios días sin dormir; en sus sueños su madre no reía, sin duda algo quería decirle y, a veces, su voz parecía entramarse en el desconsuelo del carayá. Lo observaba en la madrugada, mirando su cuerpo desnudo; por momentos atenuaba su llanto como un niño cansado del esfuerzo, pero decidido a seguir y demostrar su infinito dolor.
Una noche Marianocé presintió que el animal ya casi moría, sin comer ni beber, lo observó un largo rato y vio en su mirada lo que le pareció una súplica; entonces el gitano metió su mano en el bolsillo de la camisa y sacó el collar de vértebras con el mechón atado, se lo acercó al carayá. El animal tendió sus pequeños dedos con miedo, pero requiriendo que el gitano le entregara el extraño abalorio. Una vez en sus manos, el mono calló dejando profundos suspiros en el silencio de la noche, puso el mechón junto a su cara para olerlo y acariciarlo entre sus dedos. Marianocé lejos de alejar sus temores, tuvo la fuerte certeza de que una desgracia se le acercaba, sigilosa, pero remota como el carayá; algo venía de la profundidad de la selva fría y oscura, desconocida, el gitano era ahora víctima de sus propios misterios. Un conjuro antiguo, que involucraba la existencia misma de todas las criaturas de esos páramos, lo aterrorizó.
El gitano sintió que algo lo envolvía, era la presión fría y opresora de una serpiente cazadora, olió el hedor pútrido de lejanos y desconocidos pantanos. El silbido de un ave lo atravesó como la voz letargosa de la muerte que llega, aturdiéndolo; se desmayó impotente ante el poder de su propio miedo. Esa noche, la vecindad pudo dormir en paz.
A Julianó no se lo vio más, sólo dejó a la manera de un mensaje inequívoco, el puñal español con la letra jota nacarada en la empuñadura, una señal acobardada de ruptura para con su hermano mayor. El rostro con miedo de su hermano menor giró varios días en el espejo de Marianocé. Sintió una lejanía con Julianó, y no era de ahora; algo se escapaba de la naturaleza de su hermano, una palabra que nunca se dijo, una definición siempre callada, para no romper un equilibrio a veces tenso y endeble. Marianocé arremolinaba con prepotencia esos silencios, descalificando ya desde los gestos a su hermano. Con Betiané hacía lo mismo y su ausencia lo demostraba, pues asustada se fue con sus tíos, alejándose del llanto infernal del carayá y de la lógica alucinatoria y enfermiza del gitano.
Esa noche las antorchas ardían en el baldío, y la gente se arrimó para saciar su morbo con alguna rareza del mundo en el acto prohibido de los gitanos. Pero apareció en el baldío un carro conducido por un hombre de aspecto serio y solemne, que dominó pronto y seguro el nerviosismo de la yegua que tiraba del carruaje. La gente adivinaba, en el arribo, parte del espectáculo y se acomodó para ver mejor todo el despliegue. El hombre puso el freno para que la yegua no intentara nada, después le tapó la cabeza con un paño negro para que el animal no se asustara. Todos miraban cada vez con más ansiedad lo que se iba desarrollando; el silencioso y solemne carrero, entonces habló:
_Vengo de parte del señor Marianocé de Marialé de Andalucía, hombre que me pagó y me pidió que sea parte de su acto.
El público se preparó para algo muy distinto y emocionante dado que los gitanos nunca expusieron sus rarezas con la ayuda de extraños.
_El señor Marionocé, muy serio y preocupado por la satisfacción plena de su público, me ordenó, explicarles y luego mostrarles, con mucho detalle, un fenómeno de un tamaño un tanto pequeño, aunque no menos curioso. Él realmente lo definió como un pequeño y cruel fenómeno, un producto de la naturaleza más perversa, criatura capaz de comerse a sí misma en su egoísmo, un ser que todo lo desprecia, mientras juega, solo y aburrido, en el nudo de su propio ombligo.
_Bajaré esta caja y les presentaré a la criatura más miserable y egoísta que habita este, nuestro mundo, desnuda tal cual vive.
La gente retrocedió temiendo algo desmesuradamente monstruoso. El carrero guardó en su bolsillo el papel con aquel misterioso prólogo y deslizó la caja por el borde del carro, hasta apoyarla en el suelo, inclinada cual cajón de frutas para ser exhibido; a continuación sacó la tapa, y acercó una antorcha.
En el interior estaba Marianocé, totalmente desnudo y rapado, su cuerpo pálido dibujaba dos o tres quiebres dentro de la caja, como la geometría de una crucifixión. Marianocé yacía con un estilete clavado en su pecho, limpio de sangre; sólo el estilete español sobresalía de su cuerpo rapado. En la empuñadura del puñal la letra “J” nacarada, por momentos, se iluminaba con la vacilante luz de la antorcha.
rodolfo camacho ® 2007

EXTRAMUROS

Por la peculiar forma que Ramón tenía de traspasar el tiempo y el espacio, me es recurrente pensar en su inmortalidad. Lo vi adentrarse alguna vez en una ciudad pasando su portal de entrada y en pocos pasos salir de él como si el comienzo y el fin de aquella urbe fuera el ancho de sus muros, solo atravesar portales que nada más comunicaban con la salida inmediata de ese lugar.
El sitio en que ocurrió esto era un paisaje extraño donde los muros se sucedían atravesados en diagonal por un único camino que los comunicaba. Uno tras otro, asentados por alguna idea de cercanía, cada pocos pasos de andar mostraban sus frontispicios soberbios extendidos hasta perderse a ambos lados de la mirada. Algunos tenían arcos y ventanales pretenciosos de un tiempo de colonia ya pasado, antiguos. Sus rejas aún mantenían la arrogante presunción de sus interiores, aunque muy diferente era la sangre que caminaba por el exterior de esos ámbitos. Aquellos muros todavía acumulaban las capas de cales que continuaban sumando pátinas de tiempo que pretendían mantener distantes a los ajenos, ostentaban un blanco puro caliza que delimitaba sus pertenencias.
El camino se interrumpía en las lajas de las largas veredas, levemente curvadas en su longitud, lo que hacía imaginar una gran ciudad circular, compleja, adonde a nadie se le ocurriría pensar una plaza principal, que no fuera en su centro, concéntrica y difícil para los caminantes.
A Ramón este lugar se le ocurría mezquino y hostil para con los peregrinos. Después de dudar brevemente, caminó solamente el espacio de tres pasos y salió al camino por la puerta por la que acababa de entrar, siempre caminando en la misma dirección, eliminando el espacio físico de la ciudad, desapareciéndolo, haciendo que entrada y salida se unieran en un único portal sin espacio interior.
Traspasó los umbrales desinteresado y apático, levantó la mirada viendo hacia los muros que seguían. En el espacio abierto, ya sobre el camino, aves de vuelo mecánico sacudían las alas sobre Ramón, su andar sereno le permitía percibir la ajena levedad fuera de las ciudades. Ese silencio inmediato traía un rugir lejano que venía desde el horizonte como una impertinencia perturbadora desde los habitados sitios de la gente.
Sobre el camino, en una silla pequeña y maltrecha, había un anciano distraído hablando a sus manos. Sus ojos turbios las inquirían y su voz cansada preguntaba en dónde estaba su violín. Su mano izquierda modulaba escalas en un violín transparente, invisible, pero a pesar de su inmaterial presencia devolvía frases de la más pura música. El cuerpo del anciano fulguró con una extraña iluminación de la alegría, miró sonriendo con euforia a quien pasaba en ese momento.
Ramón recibió aquella sonrisa con la misma animada atención y escuchó al anciano afirmar que era su hora feliz, al fin había encontrado su violín, después de un largo camino. Las aves de la infelicidad crujieron su metal oxidado y huyeron, refugiándose detrás de los muros cercanos de las mezquinas ciudades, habían terminado su acecho a un hombre que soñaba y esperaba su felicidad.
Adelante esperaban galerías de recova que guardaban puertas en las sombras, una densa convivencia habitaba detrás de ellas, una razón urgente de amurallar sospechas de mercados humanos. Así se empalidecían las sombras de la galería, pues todavía flotaba una tensión de espera; una caída se precipitaba y algún tirano despiadado vagaba perpetuo en aquel lugar de arriba y de abajo: arriba las calles y los asientos de la gente, abajo las cadenas y el oprobio de las mazmorras.
Después de respirar desde los muros externos esta comprobación, Ramón vaciló también esta entrada, esta ciudad tampoco le daría albergue. Entonces, mejor evitaría la vergüenza de pisar sus calles, de respirar el aire de la opresión; trepó el escalón de entrada, pero lo volvió a descender de inmediato, siempre hacia adelante en el mismo suelo del camino, siguiendo, obviando el interior de ese asentamiento despreciable; siempre siguiendo.
Otra vez en el camino Ramón encontró una nube baja posada sobre un árbol frondoso, reconoció enseguida aquella borrasca como un deseo ambicioso esperando caer en una tormenta. Así fue que en esa hora diluviaron monedas de poco valor, pero llovieron por miles. Ramón se refugió debajo del árbol de aquella lluvia alucinatoria, apareció entonces el autor de aquel deseo desvariado, recogiendo a dos manos las monedas acumuladas sobre el camino, el hombre reía y gritaba sobre el repicar de la lluvia metálica: ¡soy feliz, después de tanta espera soy feliz¡ Su rostro comenzó a sangrar por el golpe violento de las monedas, las heridas rasgaban la piel y la carne del hombre aún afirmaba la felicidad.
La tormenta se hizo violenta y caían monedas de más valor, más grandes y cortaban el cuerpo del hombre en horribles tajos verticales hasta que el dolor le hizo soltar un pequeño puñado de monedas de una de sus manos, mientras en la otra sostenía un lápiz con el que intentaba llevar cuenta de aquella lluvia.
El camino que separaba las ciudades cercanas quedó cubierto de níquel en forma de arena, en el círculo de sombra, debajo de la nube un colgajo de carne todavía se sostenía de un esqueleto con la mueca de la risa, casi feliz, casi transparente como el cristal, ya ausente de deseos.
A poca distancia se alzaban los muros de un pueblo de barro, quemado de sol y pobreza; exhalaba por sus ventanucos, de espaldas al viento, más vida animal que humana, como un ciclo más importante que el del hombre, todo se sostenía en una espera de ordeños y esquilas.
Ramón se preguntaba las razones de estar y sostener, como un mandato antiguo que le había ordenado a aquel pueblo esa quietud en el tiempo. Todo estaba en orden y no se percibía angustia o ansiedad por la existencia, parecía una sabiduría adoptada desde la teta, la paz habitaba aquel pueblo de terrón y paja, y dado que el frío era una causa omnipresente, el eje de su cosmos era la urdimbre del abrigo y su universo, un rebaño de lana.
Ramón vio en esta razón una forma de entender el mundo y sintió que aquel lugar lo había estado esperando, entonces traspuso una abertura franca y amplia en una calle de arena espesa, como una manta que apacigua el sonido de los pasos y siguió entrando en el pueblo.
Ojos de luna llena rebotaban en los marcos de la oscuridad interior como un tímido juego ocurrente al paso de Ramón, después los más viejos pusieron ante él sus claros rostros del salitre en señal de paz y bienvenida. Por la noche tomaron el vino de la amistad y practicaron el silencio en la tenue luz del rescoldo.
Sería por estas mansas razones que Ramón postergaría su búsqueda o quizás la abandonaría definitivamente. La mirada inocente habitaba en ese espacio y no se confrontaba con nada ni nadie. El giro de los días y noches eran un cosmos apacible y simple, para qué seguir traspasando los hostiles muros de tantas temerosas ciudades buscándose.
Después pasaron los años y a veces la música llegaba desde lejos por sobre las espaldas de Ramón, venía traída por la brisa que hurgaba las paredes azucaradas del adobe seco, mientras esquilaba su lana de invierno. A poca distancia desde el camino, otra ciudad mostraba sus muros proponiendo un nuevo destino a la búsqueda.
Pero Ramón no hizo caso, no escuchó, no miró.
Había pasado mucho tiempo desde las lluvias de dinero y la espera de un tiempo feliz en los extramuros de las ciudades ausentes y hostiles.
Nadie más vio a Ramón, tampoco se supo si encontró su lugar, o aseguró ante alguien ser feliz, nunca se supo. Muchos seguimos pensando su inmortalidad en cada ser que espera y busca.
Tampoco se vieron más sobrevolar las aves oxidadas de la infelicidad acechando la espera paciente de los hombres que buscan.
rodolfo camacho ® 2007