TONADAS DE INOCENCIA
Inspirado en "tonadas de ordeño", canto popular anónimo de Venezuela.
Allá arriba en aquel cerro
Tengo un pozo de agua clara
Donde se lava la virgen
Los piecitos y la cara
Mariposa, mariposa, mariposa
La luna me está mirando
Yo no sé lo que me ve
Yo tengo la ropa limpia
Ayer tarde la lavé
En lo alto, en las ruinas
Ahora sólo te pido por las vicuñitas, ¡si no. te quito guijarros!
Los mismos que te traje del pozo de agua de la virgen, esos que elegí blancos y amarillos como la florcita de la papa.
Y ahora tomo algunos guijarros y me los llevo, te dejo solo unos pocos, y así aprenderás, porque eres pedigüeña, nunca te estás tranquila y no dejas de meterte en mis asuntos.
Me miras las ropas como un reproche y sabes que la lavo siempre en el pozo de agua clara a pesar del frío, me retas por el silencio a los jóvenes, pero no soy hermosa como tú y tengo siempre apuro por salir de sus miradas. En cada ordeño canto las tonadas por ti y dejo tu leche fresca en esta altura silenciosa como tú gustas.
No sé, por qué me miras mal y te enojas
Ahora la Mama está sanada y yo cumplí y te traje guijarros.
Si quieres jugar y seguir grande y gorda de luz, yo vendré y estaré contigo, y te pondré contenta, nunca te dejaré sola, a pesar de tus enojos nunca te dejaré sola en esta altura, siempre te traeré las hojitas de coca y te mostraré mis lanitas, pero no juntaré guijarros para que juegues, si no dejas de meterte en mis asuntos, aunque cuides mis vicuñitas, no te las traeré.
A veces siento vergüenza de mí cuando me prestas tu luz y me veo en el pozo, tú no dejas de mirarme detrás de las nubecitas de agua. Yo tengo mi ropa limpia como tú y la mama me mandan.
Te voy a negar, aunque siempre insistas en preguntarme, si Choque me besó esa tarde en el río, te quitaré mis regalos y sin guijarros no podrás jugar, ya verás, si no dejas de preguntar y no sé por qué mi cara siente calor cuando esto te cuento y tengo vergüenza de ti, y la mama también me mira como si mi ropa estuviera sucia, la mama habla de mí con las comadres y eso no me gusta, ella me mira y también pregunta, me toca la barriga y me toca el pecho y no deja de mirar.
Ahora me voy con mis animalitos y no te cuento nada más, mañana no te traeré guijarros, ya sabes.
Seiscientos metros abajo
Por el sendero escarpado que llevaba a las ruinas incas, Steven recordaba a su padre con la imagen de los retratos estrellados de medallas, mirándolo orgulloso de su hijo. Hacía ya muchos años habían quedado atrás la traumática reinserción de su padre a la vida civil y familiar, la asimilación de la invalidez y la adaptación a los síndromes de posguerra. El recordaba su niñez con esa palabra exótica pronunciada por su madre entre orgullo e incertidumbre, “Vietnam” era el fin del mundo que había arrebatado a su padre para salvar a la nación, esto le contaban mientras él extrañaba a su padre.
Después su adolescencia, las drogas, las peleas generacionales, el descreimiento en el heroísmo, los relativos valores de la nación, nada tenía sentido en aquella época. Pensó que el tiempo le dio las respuestas en el reflejo de un modo de vida que lo contenía. El mundo era peligroso y absorbió por cultura, por cotidianeidad que había que cuidarlo y su patria era la indicada por coherencia e historia. Pudo dudar alguna vez, pero la vida lo había formado en aquel convencimiento que le daba tibiezas y una familiaridad única que defendería como una fiera, como se había preparado, para no tener piedad por el otro. Eso lo aprendió y lo internalizó en su personalidad, no reconocer al enemigo ni en sus modos ni en su porqué de vida, así era la causa. Sus propios hijos lo desconocían por su forma de pensar el mundo de sus semejantes, pero él se reflejaba en esas dudas y sabía que no se podía trasmitir otra forma de ver los peligros del mundo, el sentimentalismo había demostrado ser una debilidad en la larga historia de los hombres.
A ciento setenta kilómetros
Nelson trata de explicar una violación, un ultraje a la vida de su gente, desde las páginas del diario donde trabaja. Le acaban de avisar por teléfono de los helicópteros y los incendios; la impotencia le quita claridad en palabras, faltan adjetivos, no puede explicar la inocencia sorprendida por la destructora esencia del poder. Como un pálpito con el que convivió durante años, Nelson sabía que lo harían. Aquellas discusiones que se llevaban las noches enteras preveían que sería de esta manera, la excusa tendría cualquier forma de expresarse, pero el objetivo era claro, no se trataba de otra cosa que la presencia del poder extranjero entrando sin permiso en una rutina policíaca para controlar los territorios ajenos.
A pocos metros de las ruinas
La luna se ocultó detrás de las ruinas incas y la mañana se mostró diáfana pero perturbada por el humo que subía del valle, los pastores bajaban la montaña a recoger las vicuñas perdidas, todos estaban asustados, a lo lejos los helicópteros no paraban de arrojar fuego sobre los cultivos de coca, el aire olía a humo verde y el rugir del fuego llegaba, también el tableteo de aquellas máquinas voladoras que los aterraban. Después el valle era nada más que fuego.
Steven, en las primeras escalinatas de las ruinas, se detuvo a mirar el valle cuando su trasmisor sonó, contestó que lo pasaran a buscar después de un par de horas. Ahora veía asombrado aquella fortificación antigua. ¿A qué enemigo esperaba esta gente en estas alturas? Las preguntas surgían a cada paso, todas dirigidas a descifrar alguna señal vulnerable de aquel pucará de las nubes, su mente se situó primitiva y vio lo difícil del objetivo y se avergonzó de esa conclusión. Pensar lo inconquistable no era natural a su condición militar, como marine no aprendió la debilidad del fracaso, se propuso ver una falla o una fisura en la ingeniería de aquellos incas. Como no creía en los giros del azar, no se permitió la duda de un error, aplicaba su pensamiento absoluto a este enemigo antiguo.
Así caminó los rincones ocultos de aquella defensa pensada por una fuerza convencida, después concluyó en una vacilación, casi una duda imposible en su maquinaria de lógica absoluta. Otra vez se vio cuestionando a su padre, lo ganó la imagen grotesca de aquel mutilado como un muñeco sin brazos, babeando un inverosímil discurso de heroísmo, y su madre, carente de presencia, huída y aterrada ante ese despojo. Otra vez estaba en contradicción y eso lo enfurecía hasta el desborde, pero estaba solo, sin enemigos a la vista, desnaturalizado como un arma inútil, o peor aún, como un juguete inofensivo.
Mirando el suelo se encontró con un pequeño círculo de piedras pequeñas, blancas y amarillas como las cuentas de un collar, todas muy iguales; en el centro un ovillo pequeño de lana rústica y mal urdida hacían una asimetría perfecta, casi matemática. El tableteo ensordecedor de un helicóptero venía ascendiendo, Steven sonrió y fue el mismo otra vez, después que su máquina drenó las impurezas de algún sentimiento, pateó con su bota de marine aquella ofrenda inocente, mientras la luna escondida de la luz de la tarde miraba detrás de las nubecitas de agua.
En las ruinas por la noche
Hoy no te traje leche porque cayó fuego en el valle y los cabritos se asustaron, no sé quién tiró tus guijarros pero yo te traje con más colorcitos, bien lindos como te gustan, es que ya no estoy enojada contigo, traje mis lanitas pá’ que veas que cuido bien a mis vicuñas. Yo sé que tú y la mama se ocupan de mí, es solo que siento vergüenza y mi ropa la veo sucia, pero tú sabes muy bien que siempre la lavo, lunita mía.
rodolfo camacho ® 2007
Inspirado en "tonadas de ordeño", canto popular anónimo de Venezuela.
Allá arriba en aquel cerro
Tengo un pozo de agua clara
Donde se lava la virgen
Los piecitos y la cara
Mariposa, mariposa, mariposa
La luna me está mirando
Yo no sé lo que me ve
Yo tengo la ropa limpia
Ayer tarde la lavé
En lo alto, en las ruinas
Ahora sólo te pido por las vicuñitas, ¡si no. te quito guijarros!
Los mismos que te traje del pozo de agua de la virgen, esos que elegí blancos y amarillos como la florcita de la papa.
Y ahora tomo algunos guijarros y me los llevo, te dejo solo unos pocos, y así aprenderás, porque eres pedigüeña, nunca te estás tranquila y no dejas de meterte en mis asuntos.
Me miras las ropas como un reproche y sabes que la lavo siempre en el pozo de agua clara a pesar del frío, me retas por el silencio a los jóvenes, pero no soy hermosa como tú y tengo siempre apuro por salir de sus miradas. En cada ordeño canto las tonadas por ti y dejo tu leche fresca en esta altura silenciosa como tú gustas.
No sé, por qué me miras mal y te enojas
Ahora la Mama está sanada y yo cumplí y te traje guijarros.
Si quieres jugar y seguir grande y gorda de luz, yo vendré y estaré contigo, y te pondré contenta, nunca te dejaré sola, a pesar de tus enojos nunca te dejaré sola en esta altura, siempre te traeré las hojitas de coca y te mostraré mis lanitas, pero no juntaré guijarros para que juegues, si no dejas de meterte en mis asuntos, aunque cuides mis vicuñitas, no te las traeré.
A veces siento vergüenza de mí cuando me prestas tu luz y me veo en el pozo, tú no dejas de mirarme detrás de las nubecitas de agua. Yo tengo mi ropa limpia como tú y la mama me mandan.
Te voy a negar, aunque siempre insistas en preguntarme, si Choque me besó esa tarde en el río, te quitaré mis regalos y sin guijarros no podrás jugar, ya verás, si no dejas de preguntar y no sé por qué mi cara siente calor cuando esto te cuento y tengo vergüenza de ti, y la mama también me mira como si mi ropa estuviera sucia, la mama habla de mí con las comadres y eso no me gusta, ella me mira y también pregunta, me toca la barriga y me toca el pecho y no deja de mirar.
Ahora me voy con mis animalitos y no te cuento nada más, mañana no te traeré guijarros, ya sabes.
Seiscientos metros abajo
Por el sendero escarpado que llevaba a las ruinas incas, Steven recordaba a su padre con la imagen de los retratos estrellados de medallas, mirándolo orgulloso de su hijo. Hacía ya muchos años habían quedado atrás la traumática reinserción de su padre a la vida civil y familiar, la asimilación de la invalidez y la adaptación a los síndromes de posguerra. El recordaba su niñez con esa palabra exótica pronunciada por su madre entre orgullo e incertidumbre, “Vietnam” era el fin del mundo que había arrebatado a su padre para salvar a la nación, esto le contaban mientras él extrañaba a su padre.
Después su adolescencia, las drogas, las peleas generacionales, el descreimiento en el heroísmo, los relativos valores de la nación, nada tenía sentido en aquella época. Pensó que el tiempo le dio las respuestas en el reflejo de un modo de vida que lo contenía. El mundo era peligroso y absorbió por cultura, por cotidianeidad que había que cuidarlo y su patria era la indicada por coherencia e historia. Pudo dudar alguna vez, pero la vida lo había formado en aquel convencimiento que le daba tibiezas y una familiaridad única que defendería como una fiera, como se había preparado, para no tener piedad por el otro. Eso lo aprendió y lo internalizó en su personalidad, no reconocer al enemigo ni en sus modos ni en su porqué de vida, así era la causa. Sus propios hijos lo desconocían por su forma de pensar el mundo de sus semejantes, pero él se reflejaba en esas dudas y sabía que no se podía trasmitir otra forma de ver los peligros del mundo, el sentimentalismo había demostrado ser una debilidad en la larga historia de los hombres.
A ciento setenta kilómetros
Nelson trata de explicar una violación, un ultraje a la vida de su gente, desde las páginas del diario donde trabaja. Le acaban de avisar por teléfono de los helicópteros y los incendios; la impotencia le quita claridad en palabras, faltan adjetivos, no puede explicar la inocencia sorprendida por la destructora esencia del poder. Como un pálpito con el que convivió durante años, Nelson sabía que lo harían. Aquellas discusiones que se llevaban las noches enteras preveían que sería de esta manera, la excusa tendría cualquier forma de expresarse, pero el objetivo era claro, no se trataba de otra cosa que la presencia del poder extranjero entrando sin permiso en una rutina policíaca para controlar los territorios ajenos.
A pocos metros de las ruinas
La luna se ocultó detrás de las ruinas incas y la mañana se mostró diáfana pero perturbada por el humo que subía del valle, los pastores bajaban la montaña a recoger las vicuñas perdidas, todos estaban asustados, a lo lejos los helicópteros no paraban de arrojar fuego sobre los cultivos de coca, el aire olía a humo verde y el rugir del fuego llegaba, también el tableteo de aquellas máquinas voladoras que los aterraban. Después el valle era nada más que fuego.
Steven, en las primeras escalinatas de las ruinas, se detuvo a mirar el valle cuando su trasmisor sonó, contestó que lo pasaran a buscar después de un par de horas. Ahora veía asombrado aquella fortificación antigua. ¿A qué enemigo esperaba esta gente en estas alturas? Las preguntas surgían a cada paso, todas dirigidas a descifrar alguna señal vulnerable de aquel pucará de las nubes, su mente se situó primitiva y vio lo difícil del objetivo y se avergonzó de esa conclusión. Pensar lo inconquistable no era natural a su condición militar, como marine no aprendió la debilidad del fracaso, se propuso ver una falla o una fisura en la ingeniería de aquellos incas. Como no creía en los giros del azar, no se permitió la duda de un error, aplicaba su pensamiento absoluto a este enemigo antiguo.
Así caminó los rincones ocultos de aquella defensa pensada por una fuerza convencida, después concluyó en una vacilación, casi una duda imposible en su maquinaria de lógica absoluta. Otra vez se vio cuestionando a su padre, lo ganó la imagen grotesca de aquel mutilado como un muñeco sin brazos, babeando un inverosímil discurso de heroísmo, y su madre, carente de presencia, huída y aterrada ante ese despojo. Otra vez estaba en contradicción y eso lo enfurecía hasta el desborde, pero estaba solo, sin enemigos a la vista, desnaturalizado como un arma inútil, o peor aún, como un juguete inofensivo.
Mirando el suelo se encontró con un pequeño círculo de piedras pequeñas, blancas y amarillas como las cuentas de un collar, todas muy iguales; en el centro un ovillo pequeño de lana rústica y mal urdida hacían una asimetría perfecta, casi matemática. El tableteo ensordecedor de un helicóptero venía ascendiendo, Steven sonrió y fue el mismo otra vez, después que su máquina drenó las impurezas de algún sentimiento, pateó con su bota de marine aquella ofrenda inocente, mientras la luna escondida de la luz de la tarde miraba detrás de las nubecitas de agua.
En las ruinas por la noche
Hoy no te traje leche porque cayó fuego en el valle y los cabritos se asustaron, no sé quién tiró tus guijarros pero yo te traje con más colorcitos, bien lindos como te gustan, es que ya no estoy enojada contigo, traje mis lanitas pá’ que veas que cuido bien a mis vicuñas. Yo sé que tú y la mama se ocupan de mí, es solo que siento vergüenza y mi ropa la veo sucia, pero tú sabes muy bien que siempre la lavo, lunita mía.
rodolfo camacho ® 2007
