martes, 24 de enero de 2012

EL ESCUCHADOR - 1º premio 2011. Certamen "Leo, Luego Escribo" - DAS. Congreso de la Nación - ARGENTINA.



    Tomás se quedó pensando todo el ocaso de ese día. Larga y extendida aquella luz se retrasaba dándole tiempo a sus reflexiones y lejanía infinita al horizonte del gran salar. Hubo también un sórdido bochorno anunciador de una tormenta grande, pero aquel presagio finalmente no se derramó, y ese aire predispuso más aun al hombre hacia la introspección, después ensayó algunas preguntas de lo que parecían razones, mirándose las manos como si en esa callosidad áspera estuviera el reflejo de alguna certeza.  “¿Por qué alguien querría saber la vida o el correr del tiempo de un hombre simple y desconocido, común, casi imperceptible aquí en la puna?”   Tomás conocía el bajo relieve tácito que anidaba en el inconsciente de su clase, desde la primera hora, desde las primeras preguntas, eran más que sobreentendidos aquellos pasos por la vida. Transparentes bajo la superficie del suelo, como hundidos en una tierra que sucumbía a su propio peso. Después, entendiendo su origen, y transcurridos los años sabría que aquella sensación se llamaba pobreza. En tanto el andar de los demás era otro, era por sobre esa línea. Quien más tenia, podía transitar sobre el nivel de la vida, por sobre la superficie.   El y su gente, desheredados de todo, como predestinados por otra suerte, subsistían en cíclica espera, agazapados en el silencio, chupando sus acullicos de coca, siempre atentos a la señal del patrón dueño de las cabras, dueño de la sal, dueño de la tierra. Siempre esperando acuclillados en silencio, coqueando para ahuyentar el hambre.   –Mire señor. Podría olvidar esto que habita en mí como un mandato y mañana mismo cometer un crimen artero e inesperado por todos, una venganza a esta vida ¡Sí que podría, seguro que sí! Pero creo que causaría más daño a quienes como yo, poseen también este legado de quietud. Provocaría en ellos más confusión aun, más silencio y más perplejidad que a las propias víctimas de este crimen. Y es porque su espíritu está por debajo de la sublevación, de la ira. Ser olvidado lo hace a uno olvidarse de sí mismo, créame.   Estoy aquí, en la misma inmensidad donde nací, apenas a unos kilómetros de ese descuido que creó el paraje llamado “Pozo Colorado”.  Si puedo leer y escribir es gracias a un maestro boliviano, escapado de persecuciones difusas en el cincuenta y dos, él me enseño en la rutina ociosa de los corrales.  Y es solo ésta mi experiencia con el mundo, apenas imaginar algunos lugares escritos en pocos libros por la virtud de algunos hombres. Después supe de la alegría de compartir estas lecturas con los changos de la escuelita, fui maestro por necesidad y sin título ni permiso, ahí viajé junto a ellos en aventuras lejanas, a otros paisajes y en los conocimientos de la naturaleza y el hombre.  Abrumados del desconocer, perplejos ellos soportaban la impotencia de no poder vivir esas historias por saberse desde nacidos, sólidos como la roca del paraje, sólidos en ella, parte de esos cerros.    Aquí aprendemos el silencio como única verdad y el mundo se entiende como acontece, así inmutable viene y así lo vivimos.  Nuestro alimento prematuro comprende el comprender o no las cosas. Aprendí leyéndole a los changos que entender una historia o simplemente interpretar un relato no dependía de su atención o voluntad sino del tamaño de sus vientres, y esta medida la da el hambre; a más grande la panza menos es lo que comen. A quienes miraban con la carita hundida y el vientre prominente, a veces en vano se lo trataba de desviar de una idea material, tangible y cotidiana que significaba la idea de comer.   Ahí es donde uno se pregunta si el silencio es un buen legado de esta raza, uno quisiera gritar, o matar a alguien como ya le conté, pero parece que estamos para contemplar, para recibir la suerte y aceptarla, venga del viento, venga de la lluvia, de la tierra o simplemente de la propia injusticia de los  hombres.   Mi experiencia con el mundo y con la vida se resume en esto, qué más le puedo contar. Después anduve por aquí, por allá, trabajando,  trabajando por la palabra de que me iban a pagar. Al fin alguien me explotó vilmente, como suele pasar. La cosa es que me pagó dos años de trabajo adeudado  con un viejo camión remolque. Pensé que eso cambiaria mi vida y de hecho lo cotidiano se agitó un poco por los caminos, auxiliando y rescatando vehículos empantanados en la cuesta o en la entrada de Jama.Ahí conocí extranjeros como usted y el mundo se hizo más grande, también traté con gente de otras regiones del país, con otra forma de mirar y de hablar ¡pues le diría que demasiado mucho, hablan mucho y no escuchan! pero igual mi universo se expandía a mis ojos y a mi mente.  Un día tuve que auxiliar a una camioneta de turismo, se había metido en el salar y el chofer distraído la enterró en una mina de sal. Después llegué yo y traté de sacarla, pero el camión se hundió también hasta los ejes, eso fue terrible, nunca me había pasado, yo era el único auxilio en kilómetros y sentía vergüenza e impotencia de no poder hacer nada. Al fin con el empeño y la ayuda de los mineros que estaban cerca pudimos sacar la camioneta, pero el camión era demasiado pesado y quedó enterrado, manchando el blanco salar, inclinado, como derrumbado de muerte, con la pluma de hierro señalando al cielo.  Pasé ese día y varios más esperando el tractor que nunca llegaría desde la empresa de caminos, y así me fui quedando. Los mineros me prestaron unos lentes negros para soportar aquella reververancia extrema de la sal, compartieron su comida y me acogieron en su imperio de luz  y silencio.   Esa llanura de un blanco alcalino arde los ojos aunque uno mire para el suelo, que es de sal y se enciende con la misma furia del sol, se parece a la nada, si hubiera una forma de representarla. Hay horas en el salar que no tienen suelo ni cielo, es necesario cada tanto ponerse las manos delante de los ojos para saber que uno es presencia y no un ánima bobeando por ahí.   El hombre de esta región se acostumbra a todo y asume una obediencia casi religiosa a las fuerzas de los elementos como una devoción desmesurada, aquí los hombres purgan culpas que no son, en el azote extremo de la naturaleza.  A mí me aceptaron entre ellos porque en las noches les cuento historias que recuerdo de los libros. Esta gente casi ni habla, el silencio se corresponde con la inmensidad del blanco y  la monocorde rutina. Los cruces elementales del trato están sobrentendidos por ser siempre los mismos y repetirse cotidianamente.   Conmigo hubo un trato de apenas pocas palabras. Yo ayudaba a traer las provisiones de la orilla del salar y por las noches les contaba un pedacito de un mundo que no conocían. A cambio, un poco de comida y su acogedor silencio sin preguntas. Así me quedé y eché amistad con esta vida.    Ahora usted me pregunta por una virtud o don que dicen que poseo y yo no sé qué contestarle, porque  no entiendo por qué hablo cuando duermo ni por qué digo las cosas raras que digo dormido.  Hace poco alguien de la capital, un viajero, pasó dos noches en la casa de sal y pudo escucharme, aseguró que eran simples mensajes de texto de los teléfonos celulares. Ni yo  ni mis compañeros entendimos nada cuando nos contó esto por la mañana. Este universitario que estudiaba física sospechaba nada más que era una costumbre algo neurótica en mí, él pensaba que yo repetía como un loro cosas que escuchaba de los turistas, simples mensajes, como una forma de combatir el silencio entre sueños. Después este joven se fue, despidiéndose con una mirada piadosa como si dejara en mí un elegido seguro por una locura obsesiva.  Luego estuvo entre nosotros un hombre que compartió los relatos de la noche, él también sumó una historia de contrabandistas en una región remota que nos sumió a todos en una ensoñación agradable. Se quedó varios días en el campamento durmiendo en la casa de sal  y junto a los mineros me escuchó, le juro que no puedo creer las barbaridades que dicen que dije. El hombre me habló de grados, latitudes, de coordenadas y de lo que parecían datos geográficos, después decía simplemente que extrañaba a fulana y que la amaba, que no se olvide de mí, seguido a eso  cambiaba mi voz y advertía algo así como: su saldo se está por agotar renueve ya su crédito telefónico, mi voz otra vez se tornaba retórica de acuerdo al relato del hombre. Los mineros me miraban y asentían con la cabeza. Yo decía algo sobre un movimiento migratorio sospechoso, posible célula de actividad política desplazándose al sur, en las yungas jujeñas en el límite oriental. El desierto de Atacama registra actividad subterránea en las capas medias. Juan te olvidaste del perro, está muerto de hambre, Amelia. Irak, manzana dieciséis cuadro ocho de Bagdad sur, desplazamiento enemigo a la espera de órdenes, objetivo en el blanco.     - Tomás, usted está afectado por una señal satelital que por algún motivo y no sé de qué manera se comunica con usted.  El hombre me dijo esto por la mañana del día que se fue. Yo seguía sin entender hasta que de a poco empecé a hablar estas cosas despierto, a cualquier hora, en cualquier momento.   Entonces ahí sí que me asusté, pensé que me estaba volviendo loco, que ese tiempo trascurrido en esa monótona llanura me había trastornado el juicio, yo no sabia nada de ese lenguaje que hablaba, entendía las palabras pero no los mensajes.   A pesar de todo pude tranquilizarme e ir acostumbrándome, aunque comencé sin desearlo a ser una rareza para los demás, porque dicen que lo que digo se puede comprobar en cada detalle. Llegó gente con computadoras y constataron que yo decía en sueños aquello que acontecía en la realidad; como el incendio forestal en Finlandia que anuncié una noche a las tres de la madrugada y comprobaron que a las tres y cuatro minutos hora argentina, el satélite comenzó a enviar una alarma con los mismos datos y ubicación de mi relato.   Mire, no sé que pasó, porque lo que dicen los que saben yo no lo entiendo y le aseguro que a quienes tenemos las sensaciones primarias de la vida, como la mayoría del pobrerío de esta región, no nos es fácil entender estos mensajes que sobrevuelan por las alturas. Ya le expliqué de nuestro silencio, apenas si nos animamos a preguntar sobre lo que no conocemos, imagínese usted que hasta miedo nos provoca.   Los únicos que sacaron algo en claro fueron ellos, quienes vinieron con las computadoras y me requisaron para ver si me encontraban algún “equipo de recepción” Para nosotros no cambió mucho, salvo que yo lo vivo como una intromisión en la vida en común con mis compañeros, cada vez son más los mensajes que digo y todos sin entender casi nada de lo que significan, solo advertimos que además de ser cada vez más frecuentes, parecen tener un carácter angustiante, algunos parecen pedidos de ayuda y mencionan desastres cada vez más graves.  Yo solo le puedo decir que mi vida está ahora atravesada por los mensajes de los hombres de un mundo moderno que no comprendo del todo, solo sé que me pusieron esta pulsera a través de la que ellos dicen también escuchar. Y lo que más me molesta es que en lo mejor de una historia donde se reencuentran los perdidos o el desamor se olvida y la vida sigue y se hace otra vez maravillosa, un urgente mensaje remoto interrumpe desde la distancia extrema, alguien denuncia una catástrofe. El fuego se come los bosques, las guerras estallan por todas partes.  Y le digo una cosa, nunca escucho respuestas a esos reclamos, tengo a veces la terrible sensación de que soy el único que las oye, también cuando se las repito a un grupo de mineros ellos perciben lo mismo, angustiados, sin que  nadie sepa qué hacer. Ya le conté que nacemos viendo el mundo acontecer, sin decir, sin opinar, quizás por esta razón soy un elegido para escuchar, aunque no entienda y no me guste. Solo le puedo expresar que no puedo adivinar el mundo fuera de este salar, pero sí asegurarle que algo muy grave está pasando ahí afuera.   Tomás con su rostro ennegrecido por el sol se sacó los lentes oscuros, secó su frente con el antebrazo y se quedó sentado frente a la casa de sal.A un costado, a una veintena de metros una estructura ya casi irreconocible se derramaba en óxido anaranjado sobre la blancura de la sal, como un gran coral rojo emergente. El camión de Tomás se hundía corroído y vencido de muerte rodeado de silencio y sin poder auxiliar a nadie

3 comentarios:

Virginia Alejandra dijo...

Hola Rodolfo!! Que placer volver a leer tus cuentos. Fiel a vos mismo todos estos años años;combinando tu compromiso social y una más que interesante cuota de cuasi de ciencia ficción,y dejándonos siempre con un elemento para reflexionar,pensar,cuestionarnos. Pero todo esto llevado en este relato a un refinamiento que se fue incrementando con el tiempo. Mis felicitaciones por el cuento,por el premio y el próximo libro. Espero leer más y gracias por avisarme. Un gran abrazo. Virginia Alejandra Brodowski.

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...
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