RELATOS-GRABADOS-DIBUJOS
De Rodolfo Camacho - ARGENTINA
viernes, 20 de julio de 2012
LA FOTOGRAFIA ® cuento nuevo
Emma, puso a esperar con esfuerzo la ansiedad de los últimos días, con su espalda junto al muro frió y oscuro de la casa Fénix Hall.
Atrás, oculta en los fondos, alejada de la señorial exaltación festiva del lugar, cuando adentro todos los dueños y señores de aquella vida refinada y exaltada reían tras el sonido del cristal. Ella esperaba el final de la celebración apretando sus manos, palpando sus faldas, a cada instante comprobando en una mueca obsesiva que su cuerpo aun permaneciera vestido, a pesar de esa comprobación, su piel hacia contacto con el aire de la noche como en la más plena desnudes.
En el principio de todo, ella había sido confiada como las demás lavanderas por la amabilidad de ese hombre que solo pidió tomar una imagen del lugar con todas ellas. Con ninguna en particular ahí en los trabajos diarios en los piletones, fregando la ropa mugrienta y dura de los mineros.
Emma no entendió nada de aquello que el fotógrafo dijo, solo sabia que con su trabajo, aquel a que el desconocido se refería, como una habilidad exótica, ella se ganaba su única oportunidad de mantener sus polleras bajas y en su lugar en un pueblo donde los cuerpos jóvenes y bien llevados no se salvaban de los arrebatos de los dueños de las minas. Emma defendía su cuerpo mulato y su orgullo en los públicos piletones de la lavandería, inmersa en un trabajo que la ocupaba de tal manera que apenas si ella existía para la vida del pueblo. Pensaba en aquel hombre que apareció con ese gran aparato y quedo prendado de su imagen como absorto, deslumbrado la observo desprevenida en un gesto de ángel redentor estrujando su tarea y mojando irremediablemente sus ropas, su cabello cayendo sobre la espuma gris del pileton y su escote exaltado revelándose sobre su ropa mojada.
Ese debió ser el instante en que ese hombre la sustrajo incauta y desnuda de toda prevención en ese momento de su vida, ese instante de desatención era lo que la remordía como a una niña avergonzada cuando le dijeron que su fotografía estaba expuesta en el Fénix.
Recordaba que la lavandería quedo repentinamente en un silencio abrupto. El desconocido observador, había tenido un hallazgo, esa mujer que el ignoraba como la tímida Emma, quien defendía su dignidad de mujer en aquel lugar que solo engullía sexo y alcohol. Ella sobresalía en el relieve de ese retablo de sucio trabajo, como una pieza esculpida en una piedra de textura mestiza de una belleza única. Para el fotógrafo que había pasado el día retratando la huella brutal del trabajo en las miradas de aquellos rostros atentos solo al misterio de aquel aparato, aquel encuentro había sido revelador, aquella imagen de esa mujer laboreando abstraída, perdida en sus pensamientos, con solo algunos gestos de un continuar que no la perturbaba, ausente, bellamente perdida en ella.
Aquello fue como una revelación para el fotógrafo, y cuando ella levanto la mirada para ver al intruso que la observaba, el fotógrafo palideció perplejo ante esa imagen salida de todo el misterio. Aquellos ojos contaban el resto de lo que esa fotografía tomada ya no podría expresar, la sorpresa de lo incauto. Al fin la noche se diluyo y la gala fotográfica quedo desabitada, solo en una trastienda los rumores de la limpieza se iban apagando apresurados. Emma dejo las sombras de los muros, entro ascendiendo los dos escalones en el pórtico del Fénix, busco con sus pasos descalzos entre esos planos sepia exhibidos sobre atriles de madera, la sala escasamente iluminada permitía ver aquel circular cruce de miradas fijas, observo ansiosa entre las imágenes de multitudes de hombres y mujeres desatentos de lo que nunca verían, sus propios rostros tiznados por la mugre y el cansancio. Reconoció a casi todos, sorprendida por su fealdad arrebata, así sin pudor alguno. Casi todos tenían sus labios inferiores caídos antes del destello del magnesio, después en un brevísimo tiempo rechazarían esa agresión apretando los ojos. Pero el instante en que su verdadera expresión de cómo mirar al mundo, ese momento de inocente espera de lo que vendría, ya estaba capturada en el tiempo y para siempre adentro de aquella extraña maquina.
Emma Luhem, la mulata descalza recorría con temor de ser descubierta por alguien, aquella multitud de miradas que la seguían, todas esas personas ahí quietas y congeladas en sus gestos eran a su vez, parte de curiosas necesidades de otra gente, la pudiente, de otra clase, que ya había abandonado el lugar. La exhibición había terminado. La noche descendía rápidamente y Emma quería encontrar y ver el robo de su imagen, le urgía ver su descuido, su ingenua aptitud expuesta ante la mirada de todos, recordaba que el hombre entro el pesado aparato a la lavandería, pero nunca imagino que era a ella a quien estaba mirando, el hombre alto y de educados modales siempre dirigió su mirada al lado opuesto a donde ella se hallaba fregando enérgicamente en un alo vaporoso apretada en un rincón del piletón. Después el fotógrafo intento algunas bromas con las demás lavanderas, Emma ahora creía que habían sido actuadas maniobras para sorprenderla a ella, después de un largo rato el hombre al fin se fue, su tarea continuo en los lodazales frente a las cantinas repletas de gente, donde los mineros suelen beber sosteniéndose en sus mulas. Ahí paso el resto del día, sorprendiendo las miradas vidriosas del alcohol malo, ojos eléctricos como estallidos de luz, emergidos de esas sombras oscuras del carbón de la mina.
Denis Cooper fumo su primer cigarrillo con la repetida visión de todas las mañanas. El humo de su tabaco y el vapor de los químicos del revelado ondulaban por sobre el vidrio negativo, hasta que su ultimo trabajo se hacia imagen desde esa oscura abstracción. Primero aparecían los ojos saliendo de la noche humo de los negativos, después relucía el cromo brillante de las lámparas de carburo que los mineros usaban sobre la frente para ver adentro de la mina. Por ultimo los rasgos del rigor y carácter de sus fotografiados se dibujaban hasta fijarse en el papel. Denis esperaba aquellas apariciones mirando el espacio opacado por el humo de su cigarrillo, apenas traspasado por la luz. El día comenzaba desde la ventana y el rumor del pueblo subía hasta su cuarto en voces de metales y gritos de apuro.
Los mejores comentarios de la noche anterior volvieron a su memoria, la fotografía destacada esa noche fue la de esa mujer “¿Como se llamaba, la lavandera…. Emma, la bella morena?” si, su imagen impresiono a todos y en particular a las propias damas presentes, muy preocupadas en distinguir lo lejos que ellas estaban de la miseria de la fotografiada, de su pobreza despojada, de su resignado estigma que en ella creían ver, aunque su belleza las broto de una desatención repentina a su condición. Puso en cada una de estas señoras un brillo de la más pura envidia, celo a su mirada clavada en el aplomo, despreocupada de este mundo, a pesar de sus ojos estar ocultos en la sombras de sus parpados Emma se les ocurría inmersa en los mas dulces pensamientos. Tan incomodas se hallaban por aquel gesto de dominio de los propios sueños y deseos, que no pudieron dejar de verla como la afirmación de lo que ellas mismas no eran. Las manos de la mulata representaban otra incomodidad para aquellas señoras acomodadas y rancias del sur, surgían de la espuma como una joya de la mas refinada orfebrería, era esa fuerza concentrada en aquel núcleo, la propia imagen de la seguridad de si misma aparecida en aquella raíz expuesta en el vapor del agua para lavar. Una energía única emergía en la maraña de esas manos brotando de rubor a las inseguras damas, cuyo temor a los peligros externos incluía las brisas más inocentes de la primavera. Esas mujeres apañadas hasta en la ignorancia del mundo que las rodeaba, trascurrían los días de sus vidas en un mero estar contemplativo, sin la menor sensación del placer o pasión por nada. No podían dejar de contemplar a Emma como la posesión de todos esos sentidos, juntos dentro de una mujer. Recorrían la caída de su cabello en dirección a sus pechos firmes y exultantes. Sin corsé ni artificio alguno querían escaparse, huir de la blusa mojada con sus pezones como dos medallones chinos grabados en relieve sobre sus senos. No podían creer estas mujeres que la belleza se podía expresar de esa manera en los rincones mas prohibidos del cuerpo. Sus miradas encendidas por una in disimulable admiración se detenían en la contemplación por esas armas del mas puro deseo, las imaginaban frente a las lascivas miradas de sus hombres, las sonrojaba. Era obvio presuponer que ninguna de ellas pudo evitar aquella noche, pensar en sus propios senos, tan ajenos, tan poco apetecibles para sus hombres, tan entupidamente dotados de una vergonzosa postura de delicadeza.
La observación que Denis tubo una vez mas, era la misma que se habían repetido en todas las noches de exposición. Las señoras inquietas buscaban en aquellas veladas, volver a ver la fotografía de Emma una y otra vez. El fotógrafo encontró que la mirada de los hombres, de una aparente indiferencia, pensaba en sus deducciones: para que molestarse en ver lo que ya se conoce. Dirían, estaba seguro por haberlos escuchado en ocasiones, que ellos daban como ley que quien conocía a una negra las conocía a todas. Entonces ¿para que? Ponerse en evidencia. Advirtió que todos ellos buscaban guardar las formas más conspicuas de su decencia. La verdad era conocida a pesar de pretender su secreto, no había señor de la región que no gustara revolcarse en las polleras de aquellas mujeres. Pero Emma se defendía con valentía de aquella pretensión, y en varias ocasiones estuvo al borde de ser azotada, sin embargo nadie había puesto sus manos sobre ella, bien refugiada en el aroma amoniaco de los jabones que la impregnaban en su tarea de remover la roña en la ropa. Emma nunca pudo recuperar aquel robo de su distracción.
El Fénix hall volvió a sus veladas de piano y a las frívolas tertulias a la hora del te. Las fotografías viajaron a Nueva York junto a Denis Cooper y su prestigio respaldado por el éxito en el sur, después con el transcurrir del tiempo, nadie recordó aquella mirada por sobre la vida de aquella gente del sur, salvo Emma que alguna vez confeso no ser la misma mujer después de ese momento que le arrebataron, para ella, de algo la habían despojado, ya no era la misma. Aquellas manos de escultural belleza se deformaron en puños crispados que descansaron para siempre en su regazo entrelazadas en una raíz abandonada. Emma ya no levanto más sus parpados y alguien que en ocasiones la espiaba vio sus ojos turbios inundados en lágrimas. Su cuerpo encorvado y prematuro de vejez, no salio nunca de su pobre habitación en la pensión Lucille donde un miserable retiro otorgado la rescataba de la intemperie y de los piletones de amoniaco. Así permaneció el lapso breve de su vida, en un tiempo que tornaba como un huracán desatado por las calles, en ese vértigo de una modernidad que ella no conoció, cuando se apago quieta, Emma Luhem.
La niebla descendió lenta por la ventilación en el abovedado refugio del metro, Manhattan dormía su isla sobre el techo de Bárbara, perdida en aquella borrasca que chorreaba sobre su distraído pensamiento. Esos andenes abandonados eran la otra ciudad con vida, el margen de muchos que sobrevivían aquel rugir que bajaba, a cualquier hora que fuera, siempre rugía feroz. Bárbara soñaba que cuando el sol apareciera por la ventilación, seria otro día mas que podría deparar algo diferente en su vida, todavía no había sido traspasada por la apatía que caracterizaba a los habitantes subterráneos, aun guardaba destellos de sueños entre las bolsas de basura donde la ciudad de arriba expulsaba sus aburrimientos y sus abandonos.
El tren de los residuos pasaba en la madrugada y se llevaba sin retorno aquellos pedazos de vida definitivamente al olvido. Bárbara hurgaba apurada la búsqueda en aquellos abandonos, algún indicio de otro modo de vida que se escape de esa oscura ciudad subterránea, buscaba un afecto desconocido que por un casual descuido guarde un recuerdo para alguien, una señal dirigida, enviada premeditadamente a una espera. Un viejo saco manchado o descocido ella lo vería como una respuesta a una atención, a una suplica de alguien aturdido por el frió. Una muñeca rota y descolorida era un recuerdo de brazos calientes arrullando un juguete y a la vez también afecto arrullando recíprocamente una vida. Quizás por estas razones Bárbara no dejaba de observar las cosas más allá de ellas mismas, por haber pasado parte de su vida imaginando la mirada única y enigmática de una bella negra en los viejos retratos ocultos en el desván de un desaparecido fotógrafo de Nueva York. Una vieja caja de cuero contenía aquella galería de miradas y asombros que Bárbara había rescatado en las demoliciones del barrio oeste. La fotografía titulada “Emma soñando” permanecía cada noche apoyada en las paredes de los andenes y a su alrededor Bárbara cada noche entre velas, frases de blues y desvaríos religiosos de heroína, era acompañada por gente subterránea que como ella esperaba la revelación de aquella mirada llena de paz.
Muchos que peregrinaron desde la ciudad hasta aquellos túneles aseguraron que esos ojos los miraron por unos segundos, levantaron sus parpados caídos y suplicaron húmedos de lágrimas de miedo que la devuelvan a su tiempo, al instante anterior inmediato al robo de su vida, el exacto tiempo que a ella le pertenecía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario